Ver las imágenes del carnaval de Unanu es estar en otro tiempo. Es no comprender nada, estar en otro tiempo, las faldas de una gran montaña que mira, escuchando el fustigar de los Mamuxarroak.
El martes de carnaval la localidad de Unanu, adquiere un "orden" distinto. Los mamurrarros, deciden que y como transitar las empinadas calles de Unanu. No están solos los Muttuak los acompañan. Varas de avellano, cintos de cuero, cencerros y sobre todo esa enigmáticas mascaras de hierro. Pasaron años para conocer este carnaval y que las imágenes salgan de el. Es cierto que las masificaciones distorsionan a los carnavales rurales. Como es cierto que hacen que podamos vivir en un mundo, durante un tiempo, que no debemos dejar que se esfume y diluya.
No en vano, el carnaval de Unanu es único, sobre todo por la katola, la máscara que cubre los rostros de mamoxarroak y mutuak, los dueños y señores de este pequeño concejo de Ergoiena durante el carnaval, una fiesta que se repite cada año a los pies del monte Beriain. Así ha sido hasta que ha llegado el coronavirus, un paréntesis en una celebración que supo bandear las prohibiciones del franquismo y siguió aportando algo de color en aquellos años grises.
Durante siglos se han sucedido las carreras para sortear el urritza, la vara de avellano que blanden mamoxarroak y mutuak a los pies de sus víctimas. Distinguirlos es fácil. Mientras los primeros van vestidos de blanco con faja y un cinturón con panpaxilak o cascabeles, los mutuak visten de mujeres y sin eskilak, de ahí que se les llame mudos. Ambos personajes comparten la katola, una máscara de chapa, algunas centenarias. “Son máscaras que muestran creencias; que dan vida a retos ancestrales, a personajes que, ocultando su rostro con ellas, persiguen y fustigan, que buscan rendijas para entrar, que con frecuencia meten miedo en el cuerpo”, señala Hualde en el prólogo. “Son máscaras que se alían con el misterio, con el enigma, con la mitología y con el desconocimiento de su origen para sobrecogernos aún más”, añade.
Aunque en la actualidad llevan sombreros con grandes alas de las que cuelgan cintas de colores, Bermejo recoge que hasta no hace mucho tiempo, el atuendo se completaba con un gorro cónico rematado en su vértice con unas plumas de gallo, “una réplica subliminal en miniatura del remate de una de las torres de la iglesia de San Saturnino, en Pamplona”, en palabras de Hualde. “La cultura cristiana hizo suya esta creencia ancestral de que el gallo, como símbolo de fecundidad, nos despertaba a la vida. Por eso, en la transición de un año al otro la Iglesia celebra la Misa de Gallo”, explica. Lo cierto es que estos gorros todavía siguen vigentes en los joaldunak de Ituren y Zubieta.
UNA CELEBRACIÓN LLENA DE SIMBOLISMO
El carnaval está repleto de ritos mágicos para despertar a la naturaleza después de un largo invierno. Es por ello que mamoxarroak y mutuak golpean el suelo con sus varas de avellano, al tiempo que hacen sonar los 12 cascabeles, uno por cada mes del año. Se trata de un ritual relacionado con la purificación y la fertilidad, matar lo viejo para dar vida a lo nuevo. Por ello, las jóvenes y los txikis eran sus víctimas preferidas, aunque estos últimos les desafiaban cantando Mamuxarro xirri, xarro, ser emango dizut, zazpina uzker afarirako, zata begi gorri, urtian behin etorri. La tradición mandaba que la persona atrapada debía arrodillarse y hacer la señal de la cruz, además de besar su rodilla y su vara para continuar libre.
SAKANA


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