martes, 13 de junio de 2017

URKIOLA

SAN ANTONIO

El imponente perfil del santuario de Urkiola apenas podía adivinarse entre la espesa y húmeda niebla que se adueñó en la mañana de ayer de las inmediaciones de Urkiola. Mala suerte para los vendedores de helados.

Pero ni los escasos quince grados en el termómetro impidieron que miles de personas atendieran a la llamada anual de la tradición para acercarse hasta este idílico paraje abadiñarra, centro geográfico de las tierras de Gipuzkoa, Araba y Bizkaia, divisoria natural que por igual reparte el agua de lluvia entre Cantábrico y Mediterráneo.

Muchos a pie, no menos en autobús y demasiados en coche, los devotos de San Antonio alcanzaban los 750 metros de altura del puerto cargados, sobre todo, de buen humor. «Encontrar novio no es la cuestión, lo realmente importante es poder pasar por la piedra», sentenciaba una veterana -al menos por la edad- a escasos metros de la imponente roca.

Nada de lo que rodea a este mágico mineral está demasiado claro. Los religiosos de Urkiola mantienen una prudente distancia y niegan que tenga que ver con precepto religioso alguno. Contra la creencia popular, los científicos desmienten categóricamente que se trate de un meteorito con propiedades sobrenaturales y lo definen con el lacónico nombre de «pudinga», término que define a un conglomerado de minerales sedimentarios. Y los historiadores apuntan como teoría más plausible a que este «pedrusco del amor» se cayera de una carreta que lo transportaba a cierta ferrería de Otxandio. En realidad, toda esta polémica poco importa. «Venimos todos los años a dar vueltas a la roca porque creemos y porque es lo que nos han enseñado nuestros padres». Son Maite y Begoña, de Durango, que han subido a las alturas en el autobús de las 9.30 «rodeadas de jubilados» y con la intención de pedir lo que ellas llaman una «prórroga». Es decir, que la piedra, San Antonio o quien sea, les conserven los maridos.

No tienen muy claro cuántas vueltas hay que dar. «Creo que tres -aventura Maite entre risas-; pero nosotras hemos dado bastantes más porque muchos amigos nos ha dicho que las diéramos por ellos».

Más seguro se muestra Germán, de Basauri: «Hay que dar siete vueltas, en el sentido de las agujas del reloj». Ha venido, como todos los años, con su mujer, Beni, para pedir «salud y que las cosas les vayan bien a los de la familia».

Claro que el sentido de las vueltas no es cosa baladí. «Mira, ése está dando las vueltas al revés; en vez de encontrar novia igual encuentra novio», acertaba a decir entre las carcajadas de sus acompañantes un romero calzado con botas de monte y larga vara.

Entre tanta duda, lo que sí parece cierto es que junto a esta piedra, hace ya siglo y medio, se entonó por primera vez el «Gernikako Arbola» del bardo Iparragirre.

Anjel ORDÓÑEZ
GARA(14/6/07)