lunes, 28 de noviembre de 2016

CRÓNICA





HARTZA


HONDARTZAN

Han pasado ya unos días y las resacas propias y ajenas se han ido diluyendo: resacas de vino de calidad cuestionable y de kalimotxos compartidos, de jugos de cebada y, también, ¿por qué no?, de gin - tonics arrebatados en una barra que ya cerraba (dicen que dicen que hay testigos, pero la autora del hecho solo se limita a reír). Pero la resaca no solo es alcohólica, ya que una de sus definiciones también habla de un “…período de adaptación a la normalidad después de un acontecimiento o situación especiales…”, y claro que la Semana Vasca es un acontecimiento y una situación especiales. Desde hace años sabemos que el formato se repite con pocas variantes y que ya sabemos de antemano los horarios con que nos vamos a manejar, pero así y todo, nunca hay una SNV igual a la otra. 

Oficialmente esta comenzó el viernes muy temprano, cuando llegamos con un sol que apenas salía, y tan temprano era que ni había quien nos recibiera. De repente unos rezagados, últimos participantes de una romería de la que aún no éramos parte: ellos tan con un vaso de vino en la mano; nosotros tan esperando el café con medialunas. Pero no, tal vez la del 2016 comenzó antes, cuando el minibús partió y ya sentados en el orden que Dios y el inconsciente determinan, partimos hacia Necochea con un ¡por fin! en el pensamiento y una sonrisa de oreja a oreja, porque lo que nos parecía tan lejano ahora nos sabía a triunfo. O mejor aún, la Semana Vasca había comenzado mucho antes, en cada ensayo, en el momento de comprar materiales, en cada vez que nos medíamos los trajes, en las veces que cocinamos para juntar algo de dinero,… y es que esta SNV que pasó no fue decididamente una más. Hubo temores, vértigos, dudas, alguna lágrima traicionera, besos anhelados, besos que se dieron y otros que no, palabras que se esperaban y no fueron dichas, teléfonos dados y teléfonos recibidos,…

No vale la pena hacer un racconto de los hechos malos (por así llamarlos), porque cada uno los conoce con mayor o menos detalle; aunque claro, tampoco todo eso nos pasó por el costado: nos produjo frustraciones, replanteos, alguna lágrima, bastantes broncas y muchas charlas. Pero al mismo tiempo también nos pasaron cosas tremendamente buenas, como fortalecernos como grupo, como saber que podemos organizar algo sin ayudas que parecían inamovibles, como poder juntar el dinero sin histerias y sin historias,… también lamentamos algunas ausencias, agradecimos internamente (o no tanto) otras y más que nada festejamos nuestras presencias.

Y si de presencias se trata, hubo algunas que revolucionaron durante algunos días el acontecer de nuestro grupo, que en la ronda del baile nos hicieron olvidar por un rato de los problemas y nos hicieron sentir parte de algo más antiguo y más profundo que solo la música y la danza pueden transmitir: …erdizka, ezker, esküin, ebats,.. pero no es cuestión de idealizar tanto, dantzaris o no, a fin de cuentas somos personas de carne y hueso, y sí nuestros pies y nuestras mentes se revolucionaron por el sonido de la txirula, en otros también se produjeron otras revoluciones, otras ebulliciones más humanas, que más solapadas o más evidentes, se veían en miradas furtivas, en sonrisas plenas, en actitudes corporales, en un “yo me siento acá”, lo que en buen cristiano podríamos traducirlo como un “si te agarro te parto como a un queso”.

Y como todos sabemos y sabremos por los siglos de los siglos amén en este orden establecido del folklore semanovasquista, no hay SNV que se precie como tal sin romería. Explicar a alguien ajeno a este mundillo qué es una romería no siempre es fácil. El término en sí tiene ese olor a naftalina de las cosas guardadas en un cajón del ropero de la abuela, pero a cualquiera que haya ido al menos a dos Semanas Vascas, la palabra le trae otras imágenes: remeras manchadas de vino, grupos que se hacen vasos especiales para el kalimotxo, coreografías improvisadas (seguramente me perdí de algo, ¿hubo taxis este año?), “meneaítos” masivos, tomadores de vino en bota (hace unos años, tuvimos nuestra propia originalidad cuando la hoy tan madre tomaba vino con el ojo). También en esto, la de Necochea fue una Semana Vasca diferente, porque además de la ya conocida romería onda boliche, existió la posibilidad de disfrutar de algo más auténtico y no por eso más aburrido: …erdizka, sotez, dobla, pika eskuin, erdizka eta hiru, ebats, luze eta ebats, kontrapasa, zeina, ezker-hiru, eskuin-hiru, ezker airean, ebats eta hiru,… que fue un momento más que divertido se evidencia no solo en la alegría de nuestras Patxi & Konpania fans, sino también en la enorme cantidad de gente que se acercaba el viernes a participar de la ronda y mucho más cuando el sábado, ya sabiendo lo que vendría, se agolpaba a la espera de que la música empezara a sonar. Luego, consciente o inconscientemente, un enjambre de remeras grises eclipsaba el centro de la ronda, sintiéndose (espero no exagerar) un poquito locales junto a los músicos. 

Para nosotros también bailar ese sábado a la noche en la ronda de jautziak fue también muy liberador (¿catártico?), casi como un festejo en homenaje a nuestro querido hartza. Habíamos llegado seguros para bailar en la velada. El ensayo del viernes en ese ámbito de árboles inmensos nos había hecho aumentar la confianza, pero llegado el momento de la actuación todos estábamos nerviosos. No puedo asegurar que les haya pasado a todos, pero fue inevitable sentir esas ganas inmediatas de cagar que da el miedo. Faltaba además una pieza del engranaje, y fue un mirar relojes y preguntar la hora hasta último momento, y sentíamos que no sería lo mismo pero había que hacerlo. Nuestro hartza nos daba un último dolor de cabeza pero finalmente también nos regaló uno de los mejores momentos de Ekin Dantzari Taldea, cuando pudimos mirarnos y felicitarnos y reírnos porque todo había salido como lo anhelábamos. Fue uno de esos momentos en que se renuevan las ganas y el compromiso de dejar por un momento los apuntes, las planificaciones, las traducciones, los planos, los seguros y los asegurados, los estetoscopios, los libros, las obligaciones, las dudas y las certezas, y ser simplemente dantzaris, una palabra que dice tanto con tan poco.

En esta época de imágenes instantáneas, de fotos y videos que se suben y se comparten en whattsappes, en instagrames, en facebookes, en twitteres y en otras redes de las que me resulta difícil recordar los nombres (soy de otra generación), hay algunas que se grabaron más que otras en nuestras retinas y en nuestras memorias: la de un dantzari ekiniano bailando vaso en mano el día de su cumpleaños sobre una tarima; la de otra ekiniana, a quien el amanecer la encontró de fiesta, sacando un habano de alguna parte de su anatomía; tres a quienes no les bastó la fiesta y dieron un paseo matutino por la playa (algunos personajes se repiten en más de una situación); un sukaldari (con título) guiando los pasos de la cumbia romeril;… sepan disculpar si hay imágenes que esperaban encontrar retratadas y no aparecen. Es que con el tiempo se va resignando un kalimotxo menos por un rato más de sueño y no se puede ser testigo directo de todo lo que sucede. La Semana Vasca podrá ser parecida a lo largo de los años, pero nosotros nunca somos los mismos y con los años se empiezan a disfrutar otras cosas como estar más lúcido en la mañana o estar más pila para los bailes de plaza (algo que no crea sientan aún los benditos abanderados; y sin embargo, allí estaban, estoicos y estáticos, representándonos con gran ¿orgullo?).

Muchas imágenes quedan, entonces, de este evento tan esperado. Muchas mentales, pero también gráficas. Hay, sin embargo, una que se destaca del resto, aunque tal vez no es la mejor. En ella se ve un día claro, de un sol pleno que ilumina una playa extensa de arena dorada. Bien mirada, la imagen tiene ese dejo de libertad y melancolía que da el mar. Se ve allí, un poco alejado, a un grupo que con los brazos alzados está bailando. Van dejando, con cada paso, las huellas de los pasos. Pese al sol, no es un día totalmente cálido… podemos verlo en los abrigos y es los cabellos que, como los pies, están en movimiento. La foto es espontanea, como lo es ese momento. Así es Ekin Dantzari Taldea: había tiempo, había música, había ganas. No se hable más, hay baile.


Por SEBASTIAN AMAYA.
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