lunes, 12 de diciembre de 2016

A veces el mejor artista no es el mejor alumno.




Profesora universitaria en Danza y directora de Balletin Dance Didáctico, investigadora y escritora de diversos libros sobre el tema: “Cuerpos Amaestrados vs. Cuerpos Inteligentes”, “Caos o Planificación” y “La evaluación, mucho más que poner una nota”.

La enseñanza de la danza, algo de lo que tanto no se habla y que es esencial en cuanto al desarrollo de una perspectiva para abordar la docencia de la disciplina: “No se habla en Argentina, no se habla en muchos lados. Lo que más se trabaja en la danza es la didáctica, o sea, cómo se enseña un paso. Pero más allá de esto también se pone en juego cómo le transmito esa información al alumno. Para eso tengo que plantearme cómo aprende un sujeto. Las últimas investigaciones en pedagogía indican que el conocimiento no se transmite, sino que te puedo dar los mecanismos para que vos construyas tu modo de hacer algo. Yo no te puedo enseñar a hacer una mesa mirando cómo yo la hago, sino que te puedo dar los caminos para que puedas armarla y que quede una mesa ‘a tu estilo’. La mesa vas a armarla vos”, asegura Alicia. De tal modo, explica, el método tradicional de enseñanza de la danza se basa en la copia de lo que el maestro hace por parte del alumno, lo cual puede resultar perjudicial en términos de potenciación de la creatividad y de las posibilidades técnicas y físicas de cada uno, en términos de exploración del movimiento posible por cada cuerpo: “En danza se trabaja mucho a través de la copia: yo te muestro y vos hacés. El concepto de enseñanza está anclado en el afuera. Yo miro y copio. Sin embargo, el concepto de la enseñanza de la danza tiene que partir de la conciencia del propio cuerpo. De adentro hacia afuera. Yo siento y por eso hago. Son 180 grados de diferencia. Yo tengo que partir de mi cuerpo para acercarme a ese modelo que estoy tratando de emular, sin perder lo propio. Los adelantos se producen cuando alguien aporta lo personal a cada paso. Ahí nace el intérprete. Enseñar a bailar y formar un intérprete es lo mismo. Se hace al unísono. No es que primero aprendes el paso y después le pones expresión. Hay una expresión que tiene mi cuerpo en movimiento que es propia. No es lo mismo levantar una pierna en un Grand Battement, que tiene una determinada dinámica y energía, que hacer un movimiento de brazo hacia adentro muy íntimo. Eso es lo que tengo que trabajar con el alumno. A partir de lo que vos sentís, vas tomando la forma del movimiento, no al revés”. 


Cada uno tiene su personalidad, su historia, hay que explotar eso que uno tiene de distinto. Decimos como docentes de danza que les enseñamos a los alumnos a dominar el cuerpo. En verdad lo que tenemos que hacer no es dominar el cuerpo, sino que lo puedan liberar, explorar. Con ese cuerpo liberado, el chico va a poder hacer movimientos pautados o movimientos libres. La idea es que tenga la libertad de hacer las dos cosas. Y que pueda salir de los patrones de movimiento habituales para ese cuerpo incluso, que improvise movimientos que no tenía ni idea que existían en el cuerpo. Lo bueno es no cortar esa creatividad, y trabajar la improvisación en las clases. Pero no sólo en danza contemporánea, también en danza clásica. La creatividad es un arcón. Al principio vas a encontrar las cosas más comunes, pero si seguís trabajando, encontrarás cosas que ni te imaginabas que podías tener. Creo que eso es tarea del docente. Ahí ayuda a que nazca un artista”, asegura Alicia. En este punto, ayuda a los docentes a lidiar con los alumnos “rebeldes”: “A veces el mejor artista no es el mejor alumno. Quizás es el más rebelde. O el que quiere girar para el otro lado. El que le agrega algo al movimiento. No hay que decirle que ‘está mal’ eso que agrega, sino explicarle por qué ‘ahora’ tiene que hacerlo igual a lo marcado, la importancia de realizar ese movimiento como está pautado. De otra forma, un profesor de danza debe estimular esos procesos creativos porque en este caso da al alumno un mayor conocimiento del cuerpo, lo sensibiliza, algo que se suma al crecimiento técnico. Lo sensibiliza”, explica la especialista. Invita, por eso, a una tarea a veces difícil, que es cuestionarse constantemente la propia tarea en pos de mejorarla: “Yo aprendo de mis propias clases al dictarlas y me las estoy cuestionando. Al día siguiente, modifico determinadas cosas que no estuvieron bien y voy probando. Uno aprende como docente de la propia práctica. Es la práctica que te lleva a modificar sobre lo que estás haciendo y a criticarte, porque sino es muy fácil: la culpa la tiene siempre el alumno. Si vos como maestro considerás que nunca te equivocás, que la culpa es siempre del alumno, que no sirve, que no le interesa, que no sabés para qué viene, probablemente esos chicos nunca desarrollen su potencial”, concluye Alicia Muñoz con su tono cálido y sonriente. 



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