miércoles, 15 de febrero de 2017

MITOS VASCOS-I


MITOS VASCOS

PARA PENSAR

J.M.Llano


Con frecuencia se hace alusión ellos, son invocados tanto para defender como para oponerse a una causa y son objeto de interés para muchas personas, y sin embargo todavía nadie ha dado una definición satisfactoria de lo que es un mito. No se va a remediar aquí esa carencia, pero sí por lo menos exponer algunos rasgos generales, propuestas u opiniones.

Empezando por lo más básico, lo ya sabido, y para recordar que la palabra mito es polisémica, he aquí la definición que da un diccionario general, reconocido pero no especializado, el de María Moliner:

mito (del gr. «mythos»)

1 m. Leyenda simbólica cuyos personajes representan fuerzas de la naturaleza o aspectos de la condición humana: «El mito de Prometeo».

2 Representación deformada o idealizada de alguien o algo que se forja en la conciencia colectiva: «El mito de la Atlántida. El mito de Eva Perón».

3 (n. calif.; inf.) Cosa inventada por alguien, que intenta hacerla pasar por verdad, o cosa que no existe más que en la fantasía de alguien: «Esa finca [o eso de que tiene una finca] en Andalucía es un mito». *Imaginario, *mentira.

Por supuesto, es la primera definición la que conviene a este trabajo. Esto no supone que los diversos sentidos de ‘mito’ sean obligatoriamente excluyentes ni que cuando se subraya un sentido los demás queden borrados. Sobre todo la tercera definición, «cosa que no existe más que en la fantasía de alguien», ha sido muy utilizada y cuenta con una larga historia, que merece la pena tener en cuenta, aunque no sea el eje de este trabajo. En la Grecia antigua, el par de términos opuestos mythos / logos es importante, porque el sentido de cada uno viene precisado por su relación con el del otro. Jean-Pierre Vernant (1996:354) recalcaba que mythos es un concepto multiforme, que no designa solamente la leyenda de los dioses y los héroes, sino también la fábula, los proverbios. «Mythos» es siempre el reverso, el otro del discurso verdadero, del «logos» – si se trata de una leyenda heroica, el mythos será lo que a un poeta concreto le parece en ella increíble o escandaloso – si se trata de un relato histórico, lo «mítico» serán las fabulaciones incontroladas contadas por otros opuestas a los hechos que el autor mismo ha podido verificar; y también la obra filosófica puede ser discurso mítico. En esta explicación de Vernant está claro que han sido variables y subjetivos los criterios definitorios de mythos. En general, son mitos lo que cuentan los otros, aquello en lo que uno mismo no cree (Lloyd, 1993: 45, 77), y nadie percibe sus propias creencias como «mentiras míticas». Por eso no tiene fundamento la idea peyorativa según la cual los mitos no son sino puro embuste. En realidad, cuando todo el mundo está de acuerdo en que lo que dice un relato es mentira, ya no es mito, sino cuento, porque el mito, para serlo, tiene que ser creído.

Esto no impide que los cuentos maravillosos tengan que ver con los mitos o que provengan de ellos, y que, aunque no gocen de credibilidad, en un momento dado hayan estado relacionados con los ritos y formado parte de la religión. Por mencionar solamente los más conocidos, tenemos a «Cenicienta», «Hansel y Gretel» («La casita de chocolate»), «Piel de asno», «Barba Azul»… Su permanencia revela que son representativos de la condición y la psicología humanas.

Los antropólogos no han logrado hasta el momento precisar cuáles son las diferencias entre mitos y cuentos; Dumézil confesaba ser incapaz de hacerlo (Greimas, 1985: 21); y Lévi-Strauss, por su parte, afirmaba que en todo el mundo cualquier lector percibe que un mito es un mito (1958: 232).

En mi opinión un relato tiene que cumplir por lo menos tres condiciones para ser considerado mítico, en sentido estricto: se refiere a acontecimientos sobrenaturales; se cree en él (o se ha creído) colectivamente, aunque no siempre unánimemente; y se valora como algo sagrado, sentimiento con frecuencia ambivalente, de miedo y de sosiego, de atracción y de desprecio, de respeto y de burla.

Los mitos son parte importante de la religión, justifican los ritos y las creencias, aseguran su transmisión. En nuestro entorno es sobre todo al cristianismo a quien se le ha otorgado la categoría de religión. Más aún, se ha identificado a veces ‘paganismo’ con ‘ateísmo’, convirtiéndolo en antónimo de ‘religión’. Y sin embargo, el paganismo ha sido más religioso que el cristianismo. Pero sin entrar en esa cuestión, se puede afirmar que el sistema de creencias, relatos y ritos que ha perdurado en el País Vasco hasta hace bien poco al lado del cristianismo y en sincretismo con él, ha sido una religión; sus componentes son lo que a partir de Barandiaran se llama «mitología vasca». Y se sabe que cuando menos hasta la mitad de siglo XX, han sido trasmitidos por los mayores a los niños, de la misma manera como se enseña una doctrina.


 CERCANOS

Ahora que ya no se cree ni se practica esa religión ¿cómo los mitos pueden resultarnos cercanos? En el fondo, desde que la humanidad es humana no han cambiado mucho ni la inteligencia ni la mecánica del pensamiento. Siendo las preocupaciones fundamentales de antaño y de hoy en día parecidas, y semejantes los temas de reflexión o la actitud ante los problemas fundamentales, los símbolos antiguos tienen sentido también ahora, los temas de que hablan los mitos tienen eco y necesitamos que sigan cumpliendo las funciones que cumplían en otras épocas. Aunque nacidos y desarrollados en una sociedad pre-industrial, los viejos mitos nos resultan cercanos, por mucho que hayan cambiado los elementos materiales de la vida cotidiana y nuestra dependencia hacia ellos, las dificultades del abastecimiento de agua, por ejemplo, o la importancia que se le da al pan.

Los mitos son sobre todo instrumentos para pensar, y lo son en cualquier ámbito de la realidad: realidad social (relaciones vecinales, familiares, de opresión…), realidad económica (feracidad de la tierra, pan, agua, manufactura…), preocupaciones existenciales (enfermedad, amor, muerte), preocupaciones transcendentales (el otro mundo y la vida del más allá, la esperanza de resucitar…), para todo imaginan ejemplos los mitos, para todo proponen formulaciones y comparaciones, contraponen los contrarios o los unen. En estos capítulos aparecerá la dimensión general – universal - de los mitos: preocupaciones espirituales y materiales, individuales y sociales, de este mundo y del otro, todas están presentes, en todas se piensa a través de ellos, a veces en clave lúdica, por medio de juegos de palabras o de ideas. Y siendo esas inquietudes a-históricas, la actividad de la vieja mitología también es hoy materia de antropología, y los temas examinados en su estudio siguen siendo accesibles y comprensibles porque son humanos.
J.M.Llano
Simplificando mucho, se podría decir que un mito es un sistema de operaciones lógicas definido por el método «es cuando…» o «es como…». Una solución – aunque no lo sea - de un problema particular sosiega la inquietud intelectual y, si se da el caso, la angustia existencial, en la medida en que una anomalía, una contradicción o un escándalo son presentados (en los mitos) como manifestación de una estructura que es más evidente en otros aspectos de lo real y que, sin embargo, no contrarían en el mismo grado el pensamiento y los sentimientos (Lévi-Strauss, 1985: 227).

Para explicar más simple y llanamente esa manera que tienen los mitos de calmar el espíritu, podemos mirar hacia los refranes. Los refranes ofrecen un ejemplo – no una solución – de cualquier situación o comportamiento significativo, sugiriendo que ni ellos ni sus contrarios son cosa extraordinaria. Cuando los hijos tienen las mismas manías que los padres se dirá «de tal palo tal astilla» y, si es al revés, «de las ovejas más blancas nacen los corderos más negros»; o bien, según las circunstancias, que «no por mucho madrugar amanece más temprano» o que «al que madruga Dios la ayuda».

Esta tipo de reflexiones no establecen una verdad de fe sino que proporcionan un antecedente a una situación preocupante y recuerdan que no es inaudita para que no sea tan alarmante. Sólo que los proverbios tienen una tendencia a banalizar que no tienen los mitos.

La calidad literaria es otra de las características de los mitos. Han sido decantados durante generaciones y parece como si hubieran ido dejando el lastre en el camino para conservar lo más significativo, lo que tiene mayor sentido, aunque cada narrador haga alguna aportación propia. Los mitos no suelen admitir sentimentalismos, su poesía es siempre recia. Nada de romanticismo barato en amor, nada de suaves descripciones de la naturaleza, no se admiten aderezos superfluos; basta con leer las versiones «acicaladas» que dan algunos escritores para apreciar la diferencia. Con respecto al contenido los mitos vehiculan mensajes intensos y profundos, acontecimientos dramáticos o cómicos, cuestiones de vida o muerte. En su estructura emplean el juego de paralelismos, oposiciones, inversiones, y se recrean en esos ejercicios mentales. La estructura y el contenido simbólico son inseparables: la una subraya el significado del otro por medio de la redundancia o del contraste; a su vez el segundo proporciona a los elementos de la primera una materia significativa. Y así, los relatos míticos son verdaderas joyas, tan valiosos como breves.


ACCESOS

Hay muchas vías para acercarse a la mitología. La más clásica y evidente es hacerlo a partir de los personajes, siguiendo su clasificación como lo hacen los diccionarios. Pero puede hacerse de muchas otras formas: según las funciones que cumplen los mitos, según los temas sobre los que reflexionan o los elementos que tocan. Y como cada uno trata más de un tema y cumple más de una función, es inevitable que se produzcan entrecruzamientos y redundancias.

La elección hecha en este trabajo es arbitraria, se han seleccionado como base varios aspectos significativos y caminos de aproximación. Hay capítulos que se refieren a personajes: los tempestarios, las laminas y los jentiles, los curas: los tres primeros son seres del otro mundo, los últimos son terrestres, pero no por ello menos míticos en cuanto que tienen poderes sobrenaturales. Y como un criterio no excluye a los otros, a propósito de algunos personajes aparecerán determinadas funciones, como las relaciones sociales ligadas a las laminas y los gentiles; las mismas laminas volverán a aparecer al tratar de los símbolos construidos alrededor del agua. Es tema de otro capítulo la visión directa o indirecta de la muerte que ofrecen los mitos. Puramente descriptivo es el capítulo dedicado a una santa peculiar, «Harpeko Saindua». Otros dos se centran en la figura y el status de las mujeres y en la eventual relación existente entre ideología y mitología; temas posiblemente polémicos, cuando las interpretaciones dadas aquí no estén de acuerdo con las que mayor aceptación tienen en nuestro entorno. La denominación y clasificación de personajes míticos cuyos nombres tienen alguna homofonía, Mari y «mairi», por ejemplo, serán también objeto de un capítulo. Y para terminar, algunos argumentos en favor de una causa quizás perdida, y no por eso menos justa, que levanta inesperadas ampollas: el lenguaje sexista en euskara y los términos neutros que en esta misma lengua permiten evitarlo, recurriendo sobre sobre todo a la tradición oral.

Son temas cruzados y habrá repeticiones inevitables. La mayor parte de los capítulos vienen de charlas destinadas a la emisora Gure Irratia, de Bayona (que naturalmente fueron acompañados de música), otros están basados en artículos anteriormente publicados y cada uno de ellos corresponde a un capítulo. Son pues capítulos independientes y que pueden leerse en el orden que se prefiera. Esta es también la razón de que algunos relatos aparezcan repetidos, cuando son reveladores de más de uno de los puntos de vista tratados - es el caso, por ejemplo, del cura conjurando la tormenta. De todas formas, si un mismo tipo de historia aparece más de una vez lo será en versiones diferentes, procedentes de distintos lugares. Esto no es forzosamente un inconveniente, sino que muestra una característica importante de los relatos míticos, cual es la de ser contados una y otra vez, y que cada narrador que lo haga tenga un margen de elección, de manera que en un mismo tipo de historia pueden encontrarse intencionalidades y sentidos diferentes.

Diferencias y redundancias que muestran la diversidad de la mitología, sus virtualidades casi ilimitadas.

ANUNTXI PEREA
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