domingo, 12 de marzo de 2017

MITOS VASCOS-V


MITOS VASCOS


PARA PENSAR

El agua, elemento importante para la existencia de la vida que no podría existir sin ella, explica que a su alrededor hayan surgido infinidad de imágenes, símbolos y reflexiones, tanto hoy en día como antaño. Prueba de ello son las innumerables fuentes medicinales, por ejemplo, o los rituales en los que el agua es tradicionalmente utilizada, como lo es en los ciclos solsticiales (Navidad y San Juan). Pero no vamos a hablar de ritos, sino que, de la misma manera como se ha tratado de la muerte, nos fijaremos en como la cuentan los relatos míticos. Los parámetros que se utilizarán para facilitar la clasificación de esta agua se presentan como pares de contrarios:

* Agua de arriba o del cielo / agua de abajo o de los ríos

* Agua natural / agua técnica (maneras de utilizarla)

* Agua simbólica / agua pragmática

Estos parámetros siguen estando en vigor hoy en día. La publicidad hace mención del agua simbólica resaltando su virtud para limpiar el cuerpo por dentro (hígado, intestinos etc.). La distinción entre agua de arriba y de abajo la han tenido en cuenta en 1983 las compañías de seguros a la hora de indemnizar, o no, los destrozos, según que provengan de una inundación o de la lluvia.

I. EL AGUA SIMBÓLICA: LAS LAMINAS
Las laminas, tal como se han descrito en el capítulo anterior, son acuáticas y/o chtónicas, suelen encontrarse a la orilla del agua, a veces no lejos de una gruta, y dan nombre a numerosas fuentes y pozos de los ríos. Según refiere Barandiaran (1962b: 85) siguiendo la carretera que conduce de Dohoztiri a Heleta (Baxenabarre), quedan a la izquierda las cumbres de Aatzeluze y Herausu, a cuyo pie, no lejos del caserío Ugaldegarai, nace el río Arberua. De la cima de Aatzeluze desciende una faja de terreno cubierta de césped, semejando una senda que se dirige hacia el manantial; su nombre es «Laminabidea» (Camino de las laminas) y, según creencia popular, por ella descendían al manantial de Ugaldegarai las laminas que vivían en la citada montaña. En Garazi, un arroyo que nace en Buzunarritze y desemboca en la Biduze lleva el nombre de Laminosin (Pozo de laminas) (Barandiaran 1984: 111). A las de Zuberoa se les suele ubicar cerca de las fuentes, y así lo hacen dos relatos de Eskiula, La lamina de la fuente Juliana y Las laminas de la fuente de Andretto (Andretto significa señorita), así como en esta historia de Gotaine:

En amo de la casa Lamiosenea, de apellido Salharang, va una mañana a ver un campo suyo en el que hay un manantial. Al acercarse ve a una hermosa dama peinándose; pero también ella le ve y desaparece de su vista como si se hubiera disuelto (sic: urtu). Salharang llega hasta donde estaba la dama y encuentra un precioso peine. Lo coge y se lo lleva a casa.

Al día siguiente va Salharang a su campo y ve asustado que está todo cubierto de piedras. Vuelve a casa y se apresura a poner de nuevo el peine en su sitio. A la mañana siguiente va por tercera vez al mismo campo y lo encuentra sin una sola piedra. Pero el peine ya no estaba allí (adaptado de Cerquand 1996: 45-46). 

Las laminas de Bizkaia también suelen estar a la orilla del agua, peinándose o lavando y secando al sol sus hermosas ropas. A veces el peine es de oro y la ropa de lino fino. Vamos a ver cómo están simbólicamente ligados entre sí los lugares que frecuentan las laminas, sus actividades y los objetos que poseen.

Las laminas que se peinan suelen ser vistas de día; a las nocturnas más bien se les oye sin ser vistas. Maddi Casaubon de Izura (Baxenabarre) recuerda como su abuela le contaba que les oía en el lavadero de Ithurbeltz (Fuente negra), cerca de su casa; los escépticos pensaban que eran gentes pobres que no tenían bastante ropa para cambiarse y que, por disimular su escasez, las lavaban de noche para poder vestírselas al día siguiente. Fuera como fuese, Ithurbeltz no era una fuente corriente: los niños contaban que habían visto allí una vieja acariciando a un sapo en su regazo, y que era bruja.

Barandiaran nos dice (1973a: 426) que en Urepele oían a las lavanderas nocturnas y que una persona de Iholdi le contó en 1937: «En un arroyo de San Blas yo mismo oí de noche a las lavanderas trabajar sharta, sharta, sharta» (onomatopeya de la ropa golpeada) (1984: 119).

No parece que las lavanderas de la tradición vasca sean especialmente malignas. Pero el aspecto nocturno y oscuro del agua es considerado como peligroso, y en Occitania está figurado por un ser mítico llamado drac (dragón). El drac de Gascuña lava por la noche: a un hombre que volvía tarde de Lectura a su casa y que le oyó golpear la ropa, le puso perdido de barro (Sébillot 1968 II: 424). Peor es el drac del Ródano que atrae a los viajeros y se los come, ya que se alimenta de carne humana (ibíd.: 343). Las lavanderas nocturnas de Bretaña, sin ser tan peligrosas, no tienen nada de amables; piden a los que pasan por allí que les ayuden a escurrir la ropa: al que se niega a hacerlo lo ahogan, y al que accede de mala gana se la hacen retorcer de manera que se le rompe el brazo.

II. CABALLOS «DE MALA PARTE»
Otros seres malignos ligados a los ríos son los que se aparecen en figura de caballo. El abuelo de una mujer de Zeberio (Bizkaia) salió de madrugada a cobrar las igualas del médico y oyó ruido de caballos por el cauce del molino al lado de la iglesia; se santiguó atemorizado y vio un caballo a galope que llevaba a un hombre montado encima y que se sumergió en el agua con caballero y todo (Etxebarria 1995: 173). Una informadora de Orozko contaba que unas yeguas del mismo estilo empezaron a echar chispas y a derribar a unos jóvenes «alegres» que las habían montado para divertirse (Arana 1996: 173).

El drac de Auvernia es un hermoso caballo blanco que se deja montar apaciblemente, alargando el lomo para hacer sitio a más jinetes, y que luego se lanza al galope y los echa a todos al agua, haciendo que se ahoguen o, por lo menos, que se den un buen chapuzón (Sébillot 1968 II: 356). A ese tipo de caballo le llaman Malet en la región de Poitou (Francia) y Bayart en las Ardenas de Francia y Bélgica, y es célebre sobre todo por sus enormes saltos (Dontenville 1998: 180).

No he encontrado huellas de estos caballos en Gipuzkoa ni en Nafarroa. En Zuberoa es conocido el caballo Bayart, gracias a la pastoral Les quatre fils Aymon, y es él quien transporta en su largo lomo a los «cuatro hijos de Aymon». La materia está tomada de una canción de gesta francesa en la que se mezclan folklore y personajes históricos. Así pues, se puede decir que los caballos brujos son de alguna manera conocidos desde Zuberoa y Bizkaia hasta Bélgica.

III. EL AGUA Y EL TIEMPO
El agua ligada a las laminas diurnas, sin ser tan peligrosa como la nocturna, no deja de ser inquietante. Heráclito subrayó su continuo fluir y su imposibilidad de volver atrás. Para la imaginación es la vida la que se va, y su caminar ha sido con frecuencia comparado al de un río, imagen del tiempo que huye y lleva sin remedio a la muerte.

El pelo, que las laminas peinan junto a las corrientes de agua, está simbólicamente asociado al agua: los bucles del uno y las ondas de la otra tienen forma semejante, del pelo largo se dice que «cae como una cascada», y éstas mismas pueden ser a su vez llamadas «Cola de caballo». La figura de Ofelia ahogada y enmarcada por su cabellera flotando es la expresión del carácter mortífero del agua, símbolo de todos los peligros, que lleva la muerte en su propia substancia (Bachelard 1942: 114 eta 122).

La lana y el hilo se peinan con un instrumento llamado carda o peine, al igual que el pelo, y también su significado es parecido; es decir que acicalarse el pelo y fabricar tejido son labores simbólicamente equivalentes, y que «los instrumentos utilizados para tejer o hilar, así como sus productos, son universalmente simbólicos del devenir» (Durand 1969: 369), atributos de las Moiras y de las Parcas. El hilo mismo es una metáfora del tiempo, más precisamente del tiempo humano; hasta tal punto que algunos creen que es pecado hilar al lado de una persona que ha recibido los santos óleos, porque moriría si se interrumpiera el trabajo o se rompiera el hilo (Belmont 1984b). Frases muy corrientes, como «el hilo de la vida» o «su vida pende de un hilo», expresan la misma idea.

El agua y el pelo, juntos y redundantes, son una imagen fuerte del paso del tiempo, tanto en la imagen de las laminas que se peinan como en la de las que lavan: la colada en que estas últimas se ocupan reúne, por metonimia, la simbología del acto de tejer, de hilar y del hilo mismo; todo ello además de la presencia del agua.

IV. PELOS Y CULEBRAS
El cabello está también relacionado con el agua por otros medios. En Euskal Herria y en muchos lugares de Europa, se creía que el pelo que cae al agua se convierte en culebra – la identidad entre el cabello y las serpientes está expresada en la cabeza de Gorgona. Precisamente para purificar el agua de esas culebras debía decirse «Jesús» antes de beberla (Azkue 1959: 263). La idea de que el agua natural es peligrosa estaba muy arraigada: los pastores de Ahüzki (Zuberoa) contaban que cuando estaban en los puertos y traían agua de la fuente, antes de dejar el cántaro en el suelo había que decir «Benedicamus», porque si no el agua no estaba limpia (Egunkaria, 1995-IV-18). A propósito de esa costumbre, Pethe Berrogain, de Urdiñarbe, nos contó esta bonita historia:

En los puertos el trabajo de ir a por agua es para los muchachos más jóvenes. Una vez, uno que no sabía que tenía que decir «Benedicamus» traía agua sin decir nada. Los pastores se la rechazaban:

- Esa agua no está limpia, tienes que ir otra vez, ¡hala!

Y le vaciaban el cántaro. El chiquillo volvía otra vez, y vuelta a lo mismo, que el agua no estaba limpia, y la tiraban.

Otro pastor amigo que estaba allí le vio llorando:

- ¿Qué te pasa?

- Que llevo agua y dicen que no está bastante limpia y siempre me la tiran.

- Ah ¿sí? Bueno... ¿Ya dices «Benedicamus»?

- No, no sabía.

- Bueno, tú llena el cántaro y le echas dentro cuatro cagolitas de oveja; y luego, cuando entres en la chabola, dices: «Benedicamus».

Y así lo hace, entra y dice:

- « ¡Benedicamus»!

¡Ah!, le contestan los otros, «(Deo) Gratias».

Y enseguida empiezan a beber:

- ¡Qué agua tan buena!

Y todos contentos.

Es posible que también en Zuberoa sean las culebras quienes contaminen el agua. Y volviendo a los cabellos, en el Tirol y en Escocia decían que las brujas podían provocar tormentas con los que se les quedaban en el peine (cfr. capítulo «Mujeres, II»). En Lapurdi se creía que el agua de lluvia se llevaba consigo las serpientes hacia el mar (Barandiaran 1973b: 417). Los amerindios representan los relámpagos como serpientes celestes en figura de zigzag; y los mismos zigzags son el símbolo gráfico del agua de los ríos. Así se cierra el círculo simbólico: agua > cabello > culebra > lluvia (agua).


Precisamente, la Señora de Anboto, que acarrea lluvia, aparece con frecuencia peinándose (Barandiaran 1972: 228). Con ella nos mudamos del arroyo al cielo, o sea, del agua de abajo a la de arriba, para considerarla en su aspecto pragmático.

V. EL AGUA NATURAL SUPERIOR: LA TORMENTA Y LA SEÑORA
El agua del cielo es positiva en cuanto que necesaria para la fertilidad de la tierra. Pero tiene su lado nefasto, ya que puede causar grandes destrozos, sobre todo en las cosechas, cuando la tempestad la trae en forma de pedrisco. Hemos visto en el primer capítulo la importancia que da la mitología a las divinidades de tormenta que determinan la meteorología, hacen la lluvia y el buen tiempo y condicionan la vida de los humanos. Ahora sólo trataremos de dos de esos personajes míticos: el caballero diabólico y la Señora de Anboto.

Una de las historias sobre el origen de la Señora de Anboto cuenta que era ella una joven muy hermosa y que pasaba el día peinándose, por lo que un día su madre la maldijo diciéndole: «¡Ojalá te lleve el rayo!» Y que así se la llevó por los aires y que desde entonces anda en llamas de un monte para otro, entre truenos y relámpagos. Puede provocar igualmente lluvia, pedrisco o sequía, como lo hizo en Oñati (Barandiaran 1961: 31). En la época de rogativas, los curas iban a conjurarla en la entrada de su cueva para que no cayeran granizadas. 

La Santa (Saindia) de Salbatore de Irati, en Mendibe, recuerda por su origen y su influencia a la Señora de Anboto. Recordemos que la muchacha de Bithiriña (Amikuze) fue arrebatada por el aire a causa de una apuesta que hizo de noche y de la maldición que le lanzó el criado de la casa diciéndole: «¡Ojalá se la lleve el diablo!» Efectivamente se la llevó. Pero no por eso se condenó para siempre como la Señora de Anboto, sino que se salvó, gracias a que invocó al Salvador y a que éste le escuchó. Sin embargo, su vocación de tempestaria se vislumbra en el culto que se le rinde. O mejor dicho, cuando no se le rinde: dos veces faltaron los bithirindarras a la romería de Salbatore y dos veces el pedrisco destruyó la cosecha de ese pueblo. Ahora ya hace tiempo que en Amikuze han perdido la costumbre de acudir a la romería. Por cierto, alguien de Mendibe les advirtió que la Santa sigue teniendo poder y que, «¡Ahora que ya no vais a Salbatore estáis en Bithiriña destrozados por la pedrea!»

VI. EL CABALLERO DE TORMENTA
Otra de las formas antropomórficas que pueden tomar los tempestarios en nuestro país es la de un elegante caballero. Los relatos de este personaje mefistofélico dejan translucir su carácter de ser diabólico, si no es el mismo diablo. La creencia de que los demonios provocan las tormentas existía ya en la antigua Mesopotamia y se encuentra muy extendida en Europa, también integrada en el Cristianismo. En la Leyenda Aurea, del siglo XIII, se puede leer que todos los demonios del aire huyeron asustados cuando Jesucristo subió al cielo. Justamente, uno de los objetivos de las rogativas es expulsar a esos demonios de la tempestad. Los diablos han sido asimilados a las divinidades de tormenta, ejerciendo la misma función; es el caso del caballero de nuestra mitología que, según algunas leyendas, es hijo de la Señora.

En Beasain (Gipuzkoa) dicen que la Dama de Muru (semejante a la de Anboto) tuvo dos hijos de signo contrario, uno cura y el otro demoniaco (Barandiaran 1973a: 438). El cura conjurador y el diablo tempestario, sean o no hermanos, forman una pareja típica, protagonista de muchos relatos. En los de Sara se da al cura conjurador el nombre de Atsular, es decir el del autor del libro Gero (siglo XVII). Se trata de un procedimiento bastante corriente que consiste en asignar a un personaje histórico un tema mítico que se reencarna en él. En la comarca de Iruña le atribuyeron el mismo mito a Atarrabi, sabio franciscano que vivió en el siglo XVI. 

También en Orozko conocen el tema:

Un cura de Orozko estaba paseando - solían pasear con el libro bteviario en la mano - y se le apareció un caballero. El cura le dijo:

- ¡Qué trigales tan hermosos, qué hermosa cosecha!

- Muy hermosa. Pero también tengo yo hermosos caballos para triturarla.

- También yo hermosos frenos para parar a esos caballos.

¡Se desató una tormenta y un granizo!... Y el cura diciendo las oraciones y bendiciones del libro; y paró la tormenta. Algunos dicen que hizo descargar la piedra en un terreno baldío.

Por lo demás, desde la Cruz del 3 de mayo hasta la del 14 de septiembre, el cura bendecía todos los días la tormenta después de misa, mientras el sacristán tocaba las campanas. Una vez estaban el cura y el monaguillo en el pórtico de la iglesia de Olarte (en Orozko) y les venía el nublado; el monaguillo quería agarrar la estola porque así podía ver (a los diablos de la tormenta). El cura apurado, echando bendiciones y bendiciones (agua bendita contra agua maléfica) y diciéndole al monaguillo que no soltara la estola, porque si no se lo llevaban (los diablos). Sudaba el cura y no podía parar el nublado: (los diablos)venían hasta la cerradura de espino a que les entregara al monaguillo. Al final, un zapato que llevaba en chancletas, se lo tiró a la nube y ésta retrocedió. Y le preguntó al monaguillo:

- ¿Qué es lo que has visto?

- ¡Ene! Venían unas cabras con unos cuernos de grandes... Una venía y otra se iba, una venía y otra se iba (llegaban hasta el seto de espino)- asustado el chiquillo.

- Pues me ha costado más defenderte a ti que parar al nublado.

Luego los pastores encontraron el zapato en el monte Gorbea; entonces nadie usaba zapatos, así que:

- Esto tiene que ser del cura.

Y al cura se los llevaron. Pero él les dijo:

- No, eso yo lo he dado y ya no es mío.

Y nunca más le volvió a dar la estola a nadie (adaptado de Arana 1996: 306).

En el capítulo «Divinidades de tormenta» hemos visto el mismo tipo de relato en la versión de Sara, y encontraremos otra de Ezterentzubi en el capítulo dedicado a los curas. Estos mitos basados en la lucha contra la tormenta reflexionan sobre problemas económicos, sobre la necesidad para las cosechas de una buena lluvia, y el miedo a los estragos del viento y del pedrisco.

VII. TÉCNICA PARA LA TRAÍDA DE AGUA
También otros relatos hablan de las necesidades materiales, como los que tratan de los problemas técnicos que plantea el abastecimiento de agua. En Euskal Herria y en Gascuña hay unos seres perversos con figura de moscas, los familiares, que ya hemos encontrado en el capítulo «La muerte», y que realizan para sus amos trabajos extraordinarios. De ellos se cuentan historias bastante divertidas en Bizkaia y en Zuberoa. Una versión zuberotar aparecerá en el capítulo «Mujeres, I», y ahora vamos a ver otra de Orozko, Agua en la criba, basada en diversas variantes de los relatos sobre el cura de Axpuru y su criada, bien conocidos en muchas casas de ese pueblo.

Axpuru está en las faldas de Untzueta a bastante altura. Un cura de aquella casa tenía familiares guardados en un alfiletero. Su ama de llaves se dio cuenta de que al volver de celebrar misa - seguramente en Murueta, en la ladera de enfrente - cogía alguna cosa de un sitio. Un día le siguió y encontró el alfiletero. Lo abrió, y todo eran moscas y aparejos; y empezaron a pedir trabajo, que les diera trabajo. Como en Axpuru siempre andaban escasos de agua, la llavera los puso a traer agua. Enseguida le llenaron todos los cacharros de la casa, y otra vez que querían trabajo y que querían trabajo, las moscas revoloteando alrededor de la criada y picándole.

- Ya les voy a consolar - dijo la mujer.

Les dio una criba y les mandó traer agua en ella, que la subieran del arroyo de Nafarrondo arriba.

Los familiares taparon los agujeros de la criba con boñiga y siguieron trayendo agua. Y Axpuru inundado hasta arriba.

Vino el marido de la llavera:

- ¿Qué ha pasado aquí? 

- Pues esto y esto ha pasado.

Y el hombre, cuando le pidieron trabajo a él también:

- ¡Ya les voy a encontrar yo trabajo!

Le cogió a su mujer un pelo del bajo vientre y les mandó que hicieran con él una cadena. Y ya anduvieron queriendo hacerla, pero no pudieron. Entonces hicieron las paces.

Entre tanto el cura, desde el lugar donde estaba diciendo misa, notó que pasaba algo en Axpuru. Volvió corriendo, recogió a los familiares y los metió en su caja. Y allí se acabaron las comedias (Arana 1996: 322-338).

Las idas y vueltas de los familiares recuerdan el ritmo veloz de la balada que Dukas dedicó al «Aprendiz de brujo». Y es que nuestra historia es muy parecida a la de Goethe; pero el tema es mucho más antiguo, se encuentra ya en un cuento del escritor helenístico Luciano de Samósata.

VIII. TÉCNICA PARA CRUZAR EL AGUA
Los mitos de los familiares sueñan con solucionar la escasez de agua, pero la cosa termina en desastre y resulta ser peor el remedio que la enfermedad. El exceso de agua ocasiona tantos problemas como su falta, y también en eso piensan los mitos, por ejemplo los que cuentan cómo las laminas o el diablo construyen un puente - El puente de Ligi, El puente del infierno de Bidarrai, El puente de Arrosa (ver el capítulo «Mujeres, I») o El puente de Kastrexana. He aquí una versión de Orozko:

Una joven que iba vendiendo leche tenía que dar una vuelta muy grande cuando el río venía crecido. Y en una de ésas dijo:

- ¡No habrá siquiera aquí unos diablos para hacer un puente y pasar de un lado a otro!

En el acto se le aparecieron los diablos y que sí, que harían el puente antes del amanecer a cambio del alma de la joven. Empezaron a trabajar y a traer piedras del monte a toda prisa; uno de los diablos era cojo y las traía más pequeñas. La chica se apuró. Fue a donde los curas, a donde los frailes... Y cuando ya faltaba poco para que terminaran el puente, dice un fraile:

- Aquí hay que hacer cantar a los gallos.

Juntaron un gallo negro, uno rojo y uno blanco; y luego, abriendo y cerrando libros, hicieron palmadas, «pla-pla-pla», como las gallinas antes de cantar; y al oírlas, los gallos cantaron.

- ¿Qué gallo canta? - preguntaron los diablos.

- El gallo blanco –contestó la gente.

- ¡Pues cal y canto! - los diablos, y siguieron trabajando.

Luego cantó el rojo y lo mismo, adelante. Y al fin:

- ¿Qué gallo canta? 

- El negro.

- ¡Todos los demonios al infierno!

Y ya no pudieron acabar el puente, le faltaba una piedra. Y luego los diablos riñéndose entre ellos, que toda la culpa era del cojo y que era su piedra la que faltaba; y palo en él (resumido de Arana 1996: 362-370).

Los familiares y los diablos constructores de puentes tienen bastantes aspectos en común, como se aprecia en dos de sus relatos contados por una misma informadora de Orozko, en las que las fórmulas empleadas para invocar la ayuda de los familiares portadores de agua y la de los diablos son casi idénticas (Arana 1996: 329, 365 y 893). Son historias por otra parte inversas: en la primera el problema es la escasez de agua, y el remedio, no muy logrado, su exceso; en la segunda, para superar el obstáculo del exceso de agua en el río, se busca la construcción de un puente, que acaba lográndose. En los dos casos la solución, mala o buena, la tienen los seres míticos; y para aprovecharse de ellos, de los unos como de los otros, los humanos emplean la astucia. Pero los resultados son diferentes: no es difícil engañar a los diablos que acaban construyendo el puente gratis; mucho menos fácil es deshacerse de los familiares, más listos que una mujer lista, capaces de encontrar la manera de acarrear agua en una criba.

IX. DIVERSIDAD
En las historias Agua en la criba y El puente del diablo nos hemos fijado en un aspecto preciso del agua. En realidad, también podrían encontrarse otros temas de reflexión, como en todos los mitos, según el punto de vista desde el que se los considera. Estos dos relatos citados recuerdan forzosamente a Fausto, porque como aquél, los dueños de familiares tienen que pagar muy caro los servicios que les prestan los diabólicos trabajadores, en este caso padeciendo una agonía interminable para luego condenarse; y es que los «prakagorris» no perdonan, y son en eso muy diferentes de los diablos estúpidos.

Por supuesto, tienen directamente que ver con Fausto los personajes que venden su alma al diablo por la construcción de un puente. Pero también las diferencias son notables. Sobre todo es de resaltar que las viejas versiones de la tradición cristiana son más positivas que las obras literarias de Marlowe y de Goethe. Tanto en El milagro de Teófilo de Rutebeuf como en el de Berceo, y también en la Legenda Aurea, obras del siglo XIII, es la Virgen María quien anula el pacto con el diablo. Y todavía más optimista es la versión popular citada aquí, donde el salvador no es la Virgen María sino el canto de un gallo provocado gracias al consejo de un fraile o de una mujer sagaz. El demonio de la tradición popular es tan risible que casi da pena. Y es posible que la risa tenga en este caso la importante función de aligerar el miedo al infierno que la Iglesia se complacía en inculcar, quitándole gravedad y relativizándolo.

La presencia en la mitología popular de la preocupación por la salvación del alma y el miedo al infierno nos obliga a mirar hacia el sincretismo religioso, a no olvidar que paganismo y cristianismo han convivido durante largo tiempo y, sobre todo, a constatar que el paganismo ha perdurado manteniéndose en sus principios: si bien ha tomado prestados elementos y personajes de otra religión, los ha adaptado de manera que pudiera adoptarlos sin cambiar sus propios esquemas. Ejemplo de ello, sin desviarnos del simbolismo del agua, es la Virgen peinándose a orillas de un arroyo, personaje cristiano con rasgos de lamina (ver capítulo II).

Parece como si las vías de interpretación y el significado de los mitos fueran casi inagotables, puesto que, limitándose al tema del agua, es posible acercarse a él por caminos y criterios diferentes. En el campo de la función simbólica, los mitos ofrecen fórmulas para pensar los problemas existenciales. Y cuando para ello usan de elementos complementarios o de parejas de opuestos, contribuyen a clasificar la realidad, a la vez que permiten jugar con los conceptos.

El agua aparece con aspectos muy diferentes: vivificadora y mortal, limpia y sucia, celeste y terrestre… y por mucho que se saque de todas las fuentes siguen corriendo los arroyos, de manera que se pueda pensar en otros de sus aspectos, como lo hace la canción «Urak dakarrena urak daroa» («Lo que trae el agua el agua se lo lleva»).

ANUNTXI ARANA