viernes, 7 de abril de 2017

MITOS VASCOS-VIII





MITOS VASCOS





Aunque son personas de este mundo, visibles y palpables, los curas tienen un lugar especial en la mitología, basado en la creencia de que poseen poderes sobrenaturales, semejantes a los de las brujas. En la oposición entre seres míticos y humanos que se encuentra en la mayoría de los relatos, los curas hacen uso esforzado de sus facultades para medirlas con las del otro mundo. En principio actúan ayudando a los humanos en contra los «de mala parte», pero podemos encontrárnoslos en el campo de las brujas, cuando utilizan para el mal sus extraordinarias capacidades. En realidad es tan corta la distancia entre las brujas y sus contrarios que los dos polos aparecen a veces reunidos, como hemos visto al estudiar a las divinidades de tormenta y tempestarios. El razonamiento lógico es que quien tiene fuerza para vencer al mal, la tiene también para causarlo; de manera que los curas pueden inspirar sentimientos de confianza y de desconfianza. Los feligreses se tomaban muy en serio los poderes de sus párrocos, y en Zuberoa Sandra Ott (1993: 108) oyó decir a los mayores que los curas podían ser peligrosos y que más valía obedecerles porque poseían una fuerza (‘indar’) que cada cual empleaba según su temperamento - y también los de hoy en día la tienen para efectuar la transustanciación, por ejemplo, o para bendecir las velas y el laurel de Ramos.

Son muchas las historias que confirman esa ambivalencia de los clérigos: son vencedores de seres nocturnos y de brujas, son conjuradores de tormentas, pero también conductores y responsables de ellas; ahuyentan a los aparecidos pero pueden ser condenados; curan y salvan a sus parroquianos y son objeto de sus sarcasmos; y a veces son héroes trágicos.

La imagen de los curas en la mitología no es muy ortodoxa, y es que la estructura mítica los ha recuperado y transformado para que adquirieran la forma adecuada y poder así introducirlos en su sistema propio. A pesar de ello, o a causa de ello, también dentro de la Iglesia oficial tienen los curas poder contra los seres del otro mundo, y en las catedrales existe un exorcista cuya función es desendemoniar, noción cristiana no muy distante del paganismo.

I. VENCEDORES DE LOS SERES DE LA NOCHE
En muchos lugares de Euskal Herria se dice que los «de mala parte» fueron derrotados o alejados gracias a las oraciones y a las bendiciones de los curas. En Larrañe (Zuberoa), el basajaun de los bosques causaba grandes perjuicios a los habitantes; hasta que el párroco, cantando todos los sábados una «Salve Regina», le obligó a alejarse de aquellos contornos (Cerquand 1996: 23). En Ezpeleta le informaron en 1942 a Barandiaran (1973: 416) de que, según se decía, fue un cura quien maldijo al dragón de Lapurdi y lo expulsó al «rojo mar» («itsas gorrietara», quizás «al puro mar»). Las laminas de Isturitz desaparecieron gracias a las oraciones de los curas, según escribió Oxobi en Gure Almanaka de 1930 (citado por Kaltzakorta, 1997: 67).

Aleccionados por tales relatos, los parroquianos acudían al cura cuando tenían algún problema con los seres del otro mundo, y recibían de él ayuda y consejo. Es lo que vemos en la mayoría de las versiones de la historia El puente del diablo, como en la de Orozko citada en el capítulo «Agua»: una muchacha - o un constructor - que vendió su alma al diablo a cambio de que le construyera un puente, fue a pedir ayuda el cura, quien le aconsejó que hiciera cantar al gallo antes del amanecer, para que, al oírlo, los diablos tuvieran que huir sin terminar su trabajo y, en consecuencia, sin cobrar su salario, es decir sin el alma de la muchacha.

En general los curas suelen conseguir vencer a los espíritus malignos; y aunque el trabajo no es fácil, porque los enemigos no se quedan de brazos cruzados ante los ataques e intentan vengarse, ello les da ocasión de mostrar su inteligencia y sus poderes, por ejemplo contra las laminas de Lapurdi:

Las laminas que vivían en una cueva al pie del monte Larrun perseguían a los habitantes de las casas del contorno. Una vez, para burlarse del cura, le dijeron a un hombre del barrio:

- Vaya a donde el párroco de Sara y dígale que venga a vernos.

Y el párroco fue, pero su virtud y su fuerza atemorizó de tal manera a las laminas que no se atrevieron a acercarse a él, y el cura se volvió a casa sin haber visto a nadie. Las laminas fueron otra vez donde el recadista:

- ¿Quién es ese hombre vestido de negro que ha estado por aquí hace poco? Vaya otra vez donde él y dele esta cinta de seda para que se le la ponga de cinturón.

Así lo hizo el hombre; pero el cura desconfiaba y le preguntó:

- ¿Puede decirme cuanto mide esa cinta?

- No señor.

- Pues vaya hasta el castaño que está cerca de la cueva y mida a ver cuántas vueltas le da alrededor.

Nuestro hombre obedeció y, tal y como se le había mandado, empezó a medir la cinta de seda dándole vueltas alrededor del árbol; pero en cuanto le dio la última vuelta, hete aquí que desaparecen ante sus ojos el árbol y la cinta de seda. Y el buen hombre se quedó allí cavilando, sin ver ni entender nada (resumen de Cerquand 1986: 55).

Cavilaría sobre la prudencia y la sabiduría de su párroco, que podría ser Atsular. Pero puede pasar que el cura no salga vencedor del enfrentamiento, que falle o no logre del todo su objetivo.

Y fue lo que pasó en otro monte no lejos del Larrun, en el Mondarrain. En uno de los agujeros que allí tienen las laminas desapareció un pastor, y el cura bajó a buscarlo al interior; gracias a la hostia que llevaba en la mano logró salir vivo, pero el muchacho se quedó dentro (Barandiaran 1973a: 469). Algo parecido sucedió en Ahüzki (Zuberoa): un caballo se llevó por los aires a un muchacho que había subido al puerto sin antes oír misa; la gente del pueblo fue a buscarlo y lo vieron muerto en la sima de Lexarregibel; bajó el cura, rezó unas oraciones y echó agua bendita, pero no pudo sacar al joven. Luego bajó otro muchacho llevando tres espiras de velilla de cera bendita que le ciñó su madre alrededor de la cintura, y así pudieron rescatar el cadáver; y oyeron una voz: «Maldito, se lo llevan esas cuerdas de la cintura, y no esas salpicaduras de agua ni esos bonitos cantos» (Barandiaran 1962b: 109).

II. ENEMIGOS DE LAS BRUJAS
Igual que a los seres del otro mundo, el cura exorciza y vence a las brujas de este mundo. El dueño de la casa Igaia de Santa Garazi, en Zuberoa, tenía una facultad especial para reconocerlas, cosa que otros no pueden hacer; una vez le contó a su vecino que había visto a una, y la bruja se vengó apoderándose de su criatura recién nacida y provocándole convulsiones; llamaron al cura y él pudo librarlo del hechizo (Ott 1993: 109). Un relato de Gipuzkoa detalla cómo consiguió el cura su objetivo:

Una joven de Berasategi fue a confesarse de haber matado a seis niños de una familia que odiaba. Era bruja y se les metía en la garganta en forma de mosca, hasta ahogarlos. Al séptimo niño lo salvó el cura cazando a la mosca con la estola y metiéndola en una caja, donde luego se halló muerta a la joven (Barandiaran 1973a: 501).

La estola es un recurso muy utilizado por los curas. Sólo con tocarla pudo un monaguillo de Orozko ver a los diablos del nublado que bendecía el cura, como hemos visto en el capítulo IV sobre el agua. Cuenta Sébillot (1968 IV: 240) que, a veces, el diablo rasga una tras otra las estolas destinadas a ahuyentarlo, y que los curas precavidos van munidos de una docena de ellas para poder hacerle frente.

Recordaremos otra vez lo que se cuenta en la historia La bruja madre del cura del capítulo «Mujeres, I». En un pueblo donde morían muchos niños se decía que era porque los embrujaba la madre del cura; cuando aquel se enteró, enseguida pudo asegurarse de que los rumores eran ciertos, porque si al terminar la misa el celebrante deja el misal abierto, las brujas que están en la iglesia no pueden moverse. Y efectivamente, cuando el cura se fue a casa sin cerrar el libro, fue su madre quien se quedó allí clavada. Azkue dice que su hijo la desembrujó a fuerza de bendiciones; y en Orozko dicen que la hizo quemar.

Hay dos cosas a destacar en esta historia: que el cura está cercano a las brujas - es hijo de una de ellas - y que los curas poseen un instrumento infalible para controlarlas, el libro, también ambivalente, utilizable para saber quién es bruja y quien no lo es, y donde también pueden encontrar las fórmulas y oraciones para conjurarlas.

En la tradición el cura está vinculado al libro, se le figura y se le recuerda con el breviario entre las manos. Libro misterioso, incomprensible para los poblanos, incluso para los pocos que saben leer, ya que está escrito en latín. Se suponía que estaba repleto de palabras mágicas y que en él se concentraban los poderes del sacerdote. Pero ese libro, que puede ser considerado como un compendio de brujerías, es muy peligroso para quien no tiene tanta fuerza como el cura. En Francia se cuentan las aventuras de la criada que encuentra el libro sobre una mesa de la casa cural, lo abre movida por la curiosidad y se la hubiera llevado el diablo, si no es porque el cura llega a tiempo para salvarla.

Parece que el carácter ambiguo de los curas que muestran los mitos no es ajeno a la realidad histórica, cuyas causas sociológicas señala Castañega en el Tratado de las supersticiones y hechizerias (1529):

Por experiencia vemos cada día que las mugeres pobres y clerigos necessitados e codiciosos, por oficio toman de ser conjuradores, hechiceros, nigromanticos y adeuinos por se mantener e tener de comer abundosamente; y tienen con esto la casas llenas de concurso de gente (Castañega 1994: 12).

El hecho de que los términos, en principio antónimos, de hechicero y conjurador sean aplicados a un mismo individuo indica que las dos funciones, aunque opuestas, son compatibles. Por otra parte, es de notar que esos términos conciernen tanto a las mujeres como a los clérigos - ¿quizás la madre bruja y al hijo cura? Pero es probable que los lazos que unen a esos dos grupos de personas sean más bien de origen mítico que sociológico.

III. LOS CURAS BRUJOS
Son famosos en la mitología algunos curas poseedores de libro y de poderes mágicos. Es el caso de Atsular en Sara (Lapurdi), de Atarrabio en la cuenca de Pamplona, de Joanis de Bargota en el Sur de Navarra, del cura de Axpuru en Orozko... Todos están cortados por el mismo patrón y Caro Baroja los define como nigromantes (1975: 18-22). Sus nombres pertenecen a personas reales que fueron conocidas en su entorno y a las que el mito se les adhirió, atribuyéndoles poderes extraordinarios. De Atsular y de Atarrabio se decía que habían estudiado en la escuela del diablo, en Salamanca, o en la cueva de Zugarramurdi. Están muy cerca del diablo, ya que ser discípulo es un modo de filiación y, por si no fuera bastante, tienen un hermano tempestario contra quien aparecen peleando. Estos parentescos y luchas les han dejado una cicatriz: han perdido su sombra, talón o tacón, porque se los llevó el demonio y los dejó así marcados con su sello, la cojera que caracteriza a los seres diabólicos (cfr. el diablo cojo del Puente de Kastrexana, capítulo IV).

Estos curas brujos protagonizan numerosas y célebres aventuras, sobre todo viajes aéreos. Un relato recogido por Maddi Ariztia (1980: 18) cuenta que cuando Atsular se enteró de que «el Santo Padre iba a casarse con el demonio» en aquel mismo día, acudió a dos diablos, eligió al más veloz y éste le llevó hasta Roma (en la versión de Azkue (1966: 69) fue un «galtzagorri» o familiar); una vez allí, el cura espantó con la Cruz a todos los diablos que estaban alrededor de una hermosa mesa. Y dos pájaros de un tiro, puesto que dice la historia: «desde entonces, gracias a Atsular tenemos una buena cosa, que los curas no pueden casarse».

El celibato eclesiástico es una cuestión en la que los retrógrados no transigen. Peor para ellos: el tema da ocasión a historias burlescas que los parroquianos dedican una y otra vez a sus curas, y que son numerosas en Europa como en nuestro entorno. Algunos hacen observar maliciosamente que los clérigos no se casan pero sí tienen sirvienta o llavera. En Orozko, el cura de Axpuru es célebre por las aventuras que protagoniza junto con su criada (cfr. capítulo IV), en las que viaja con ella por el aire, gracias a la fuerza de sus «prakagorris», como lo cuenta esta bonita historia, picante de ironía:

Un «Ochomayo», día de las fiestas de Orduña y de sus famosas corridas, estaba la criada del cura de Axpuru en el balcón suspirando:

- ¡Nñia! Quien pudiera estar ahora en Orduña viendo los toros.

El cura le oyó y le preguntó:

- ¿Quieres ir o qué?

- ¡Pues claro, bien contenta que iría!

Sacó los familiares del alfiletero y «rrriii», con una nube por el aire hasta la plaza de Orduña; y desde allí arriba vieron los toros estupendamente. Allí en la plaza había también otros dueños de familiares, y uno de ellos dijo:

- Mira, allí está el cura de Axpuru con su criada.

No le creían. Y que él que sí, los otros que no, al final dice:

- Pues si queréis os traeré su zapato.

Dicho y hecho, les trajo el zapato del cura. Y luego el cura de Axpuru le dijo:

- Si no me devuelves el zapato te pongo un cuerno en la frente.

Y le puso el cuerno, y quieras que no quieras, para no pasar vergüenza, le tuvo que devolver el zapato.

Y luego, una vez que terminó la corrida, volvieron por el mismo camino. Y cuando llegaron a casa la criada estaba asustada. Pero desde entonces supo que su amo tenía «prakagorris». Así que, un día encontró el alfiletero y lo abrió (la continuación puede verse en el capítulo V); adaptado de Barandiaran 1960: 107; Arana 1996: 330-334).

Esos mismos familiares o «fuerzas de las brujas» realizan para los curas hechiceros trabajos increíbles, sobre todo acarrear leña y agua.

IV. MISA «DE DESECAR»

Al igual que cualquier bruja, los curas pueden ocasionar mal a las personas, y de manera especial por medio de una misa llamada «eihar-meza» en euskara (‘misa de secar’), cuyo objetivo es hacer desecarse hasta morir a un enemigo, y que parece ser una especie de misa negra. He intentado saber en qué consiste este rito pero, aparte de reconocer su nombre, ningún sacerdote ha querido hablar del tema; así y todo, alguno comentó riéndose como no hace mucho tiempo alguien le pidió a un compañero y amigo suyo dos de esas misas, y que el sacerdote le respondió: «Si quieres te digo una para ti». Y en eso quedó la cosa.

Sébillot nos dejó una descripción bastante detallada de la que en Gascuña llaman misa de Sento Sècairo, algo así como de «San Secador».

Según una superstición muy extendida en Bearne y en Gascuña, para vengarse de un enemigo bastaba con hacer pronunciar contra él una excomunión cuyo efecto debía de ser el debilitamiento de la persona anatemizada. El sacerdote, revestido con sobrepelliz y llevando estola y capa negra, recitaba doce series de imprecaciones a la luz de doce velas de cera negra.

En Gascuña, la misa de Sento Sècairo tenía por objetivo el hacer secarse poco a poco a la persona a quien estaba destinada. Raros eran los curas que sabían decirla, y únicamente los malos sacerdotes aceptaban el encargo de celebrarla. (...) Solamente podía ser dicha en una iglesia donde fuera imposible reunirse por estar en ruina o por haber sido profanada. El oficiante llevaba a su amante para que le ayudara, y debía de encontrarse solo con ella, después de haber hecho una buena cena. La misa comenzaba a la primera campanada de las once y se continuaba al revés, para ser finalizada a medianoche en punto. La hostia era negra y de cuatro puntas. El sacerdote no consagra el vino, sino que bebía el agua de una fuente donde se había echado el cuerpo de un niño muerto sin bautizar. El signo de la cruz se hacía siempre en el suelo y con el pie izquierdo.

Al parecer, esta misa se decía en la Gironda, y costaba entre 25 y 50 francos. En Bigorre, la misa «de mala muerte» se celebra sobre todo contra los usureros, y les provoca una agonía larga y dolorosa.

Después de una misa de Sento Sècairo, el joven que no había querido casarse con la joven a la que había seducido, o la muchacha versátil, moría de consunción. La misa «de mal amor» aceleraba la conclusión de aquellos matrimonios que amenazaban con romperse o se retrasaban continuamente (Sébillot 1968 IV: 238).

En Mendibe me contaron que una joven de ese pueblo, después de haberse prometido con un chico, le había dejado sin ninguna razón para casarse con otro, y que se murió del parto de su primer hijo; y la gente decía que su antiguo novio había hecho decir una eihar-meza. (Esta meza parece mucho menos pintoresca que la que describió Sébillot, y tratarse de la misa, especialmente encomendada y celebrada con la intención de hacer que un supuesto culpable se deseque).

Los curas han tenido que pagar a veces su fama de brujos, y Sébillot nos cuenta un caso grave (1968 IV: 237): en 1876 el párroco de La Loupe fue asesinado por un hombre que buscaba así librarse del hechizo que, según él pensaba, aquél le había echado.

V. EL CURA CONJURADOR DE TORMENTA
En este ir y venir entre el bien y el mal, tenemos que volver al cura que ejerce contra los espíritus «de mala parte», concretamente al conjurador de tormentas, que es igualmente enemigo de las brujas en cuanto que son ellas quienes las provocan.

En muchos pueblos de Euskal Herria, hasta 1960 más o menos, entre el 3 de mayo y el 14 de septiembre - «de Cruz a Cruz» en términos de los informadores de Orozko -, el sacerdote salía después de la misa dominical cantando el Veni Creator Spiritu, daba la vuelta a la Iglesia y bendecía el aire junto a la cruz del cementerio o en el pórtico de la Iglesia; la bendición consistía en recitar las letanías de los santos y asperjar con agua bendita los cuatro puntos cardinales (Marliave 1995: 25). También cada vez que amenazaba tormenta el sacerdote bendecía la nube, siempre acompañado del sacristán o del monaguillo (ver capítulos I y IV).

En la Legenda Aurea de Jacobo de Varazze (siglo XIII) se explica el sentido del rito, basado en la creencia de que las tormentas son producidas por los demonios que pululan en el aire:

En ciertas iglesias, cuando hay tempestad, se saca la cruz de la iglesia y se expone frente a la tempestad, afín de que los demonios (que viven en el aire), viendo el estandarte del soberano rey, huyan atemorizados) (Varazze 1967 I: 354).

En la visión popular, esos diablos son a veces identificados con los personajes de la mitología autóctona y, concretamente en nuestra tradición, con la Señora de Anboto y con el dragón. La gran importancia que tiene para la agricultura poder evitar el pedrisco hacía que los campesinos necesitaran de los conjuradores; y como en ciertos campos (el de los conjuros y el de la muerte, por ejemplo) los objetivos son parecidos en la religiosidad cristiana y en la popular, los ritos de la Iglesia satisfacían a todos: a los curas, que así podían ayudar a sus feligreses, y a estos mismos que no tenían que renunciar a sus antiguas creencias. A la hora de pagar los servicios prestados, a los parroquianos no les importaría la rectitud de la doctrina sino la eficacia de los ritos, en muchos casos heterodoxos y condenables, según Castañega:

Los conjuradores de las nuues son tan publicos que por marauilla ay pueblo de labradores donde no tengan salario señalado y una garita puesta en el campanario o en algun lugar alto porque este mas cerca de las nuues y demonios.

Estos tales muchas veces son los curas de los lugares. Toman porfia y apuestan con otros conjuradores y loanse que juegan con la nuue como con una pelota, sobre quien a quien se la echara en su termino, y algunos hazen cercos y entran en ellos y dizen que se veen en tanta priessa con los demonios, que les hechan el çapato del pie para que con el se despidan, y salen del cerco muy fatigados. Señalan terminos dentro para sus conjuros, procurando hechar la nuue fuera de su termino y que caya en el de su vezino.

Para estas cosas tienen unos conjuros en que estan muchas partes del canon de la misa para, como con aquellas palabras conuierten el pan en cuerpo de Jesu Christo y el vino en su sangre assi consagran la nuue y la piedra conuierten en agua. Ensartan sin orden ni concierto nombres latinos hebraycos y griegos: «Per ipsum crucem, cum ipso cruce, Eli, Eli lama zabathani, agla, aglata, tetragranmaton, adonay, agios, otheos, ischiros, athanatos, eloim», etc. como si en los vocablos que no entienden se encerrasen mayores secretos y touiessen mas virtud (resumido de Castañega 1994: 57).

El mismo Castañega propone que al contrario,

Cuando tienen temor de alguna nuue, hagan señal con una campana para que se ayunte el pueblo en la yglesia. Y abra el cura el relicario y saque el sacramento y pongalo en el altar con muchas candelas encendidas, y canten la Salue Regina con las oraciones del missal. Y acabado esto diga el cura el euangelio de In principio erat verbum. Y tomen la cruz y salgan fuera al cimitorio cantando: «Salva nos Christe salvator per virtutem crucis, qui salvasti Petrum in mari miserere nobis. Ecce crucem Domini, fugite partes adversae» etc. Si el tiempo y el lugar lo manda, puesta la cruz hincada contra la nuue, digan la letania de los santos. Y si despues de todo tuuiere dios por bien que sean castigados, no deben perder paciencia, ni dexar las maneras deuotas y catolicas para aplacar a dios (resumido de Castañega 1994: 62).

Esta forma canónica del siglo XVI, o una semejante, es la que se ha practicado hasta hace poco en la bendición de la nube. Seguramente eran menos correctas las formas de los ermitaños pagados por el pueblo que conjuraban desde la cima del monte, como el de San Antoni en el puerto de Oskaze (Zuberoa) mantenido hasta 1895; o el de la ermita del Espíritu Santo del monte Larrun, a donde hasta 1897 subían los feligreses por Pentecostés para pedir lluvia y a festejar en romerías que fueron prohibidas por causa de «desórdenes» (Marliave 1995: 28).

Canónicas o heterodoxas, las luchas épicas de los curas contra los diablos de la tormenta se han contado hasta hoy en día en toda Euskal Herria. He aquí un ejemplo de la Baxenabarre:

Desde el pueblo de Ezterentzubi (Baxenabarre) se oía venir el rumor del pedrisco que allí decimos «arada», no sé cómo decís vosotros: es el ruido que hace el granizo cuando se acerca, «kliskita-klaskata», como golpes de madera seca... como el sonido de la txalaparta. Se oía ese ruido y el cura ya había llamado al monaguillo y estaba fuera de la iglesia rezando y echando agua bendita, todo en latín, diciendo palabras milagrosas, sagradas, palabras secretas. Y (con énfasis) sudaba el cura a gota gorda. El monaguillo le miraba asustado y el cura le dice:

- Pon el pie encima de mi pie.

El monaguillo pone el pie encima del cura y ve del lado de Ithurrunburu - Ithurrunburu es un monte ¿eh?, un monte de Ezterentzubi. Y del lado de Ithurrunburu le ve al cura en las nubes peleando contra el diablo. El diablo con rabo, cuernos y todo ¿eh? Y peludo. Peleándose (con énfasis) a brazo partido con el diablo. Claro, por eso sudaba el cura.

Que por supuesto ganó, le hizo recular al diablo y no hubo pedrisco, no llegó hasta el pueblo (contado por Eñaut Etxamendi en 1997).

Hemos encontrado versiones de este tipo de relato provenientes de Lapurdi y de Bizkaia en los capítulos I y IV. También se ha señalado que en muchas mitologías se vinculan simbólicamente el rayo y la guerra: para los campesinos sumerios de Mesopotamia, los nómadas invasores que bajaban de las montañas eran comparables a Enlil, dios de la tormenta, por los destrozos que causaban.

En el allegretto de la sinfonía Leningrad de Shostakovitch, el leitmotiv recurrente llamado «Invasión» hace sonar los instrumentos de viento y los tambores de guerra que se acercan a la ciudad, y puede acompañar el ruido del pedrisco que se abatía sobre Ezterentzubi, ritmado por el estruendo del trueno, si no del cañón.

Los curas peleaban en defensa de su pueblo contra las tropas destructoras de los tempestarios y tenían gran responsabilidad porque, si fallaban, sus feligreses no dejaban de pedirles cuentas (Satrustegi 1980: 108). Sébillot da a conocer (1968 I: 108) como, en los Alpes de principios del siglo XIX, obligaban a los párrocos a conjurar, y como se estimaba a los que obtenían buenos resultados. Utilizaban los recursos ya descritos arriba: mostraban a la nube la cruz, y a veces también la hostia a la que, según dicen, alguien amenazó con tirar al fango si no se mostraba más fuerte que el diablo. ¡Y pobre del cura cuando el pedrisco destrozaba la cosecha! Tenía que abandonar el pueblo si le volvía a pasar.

VI. CURAS TEMPESTARIOS
De la misma manera que pueden ser brujos, los sacerdotes pueden también ser tempestarios. En el capítulo I los hemos encontrado por el aire conduciendo el nublado, y nada les impide producirlo desde tierra, utilizando los mismos métodos que cualquier bruja o brujo:

En Saintonge decían que los curas podían provocar el granizo por sus propios poderes. (...) No tenían más que batir con una varita maravillosa las aguas de un estanque, de un río o de una fuente. En S... tres curas se reúnen al borde de una balsa, enturbian el agua y la mezclan con el fango, componiendo así una levadura de granizo que asola toda la comarca (Sébillot 1968 II: 439).

En los departamentos de Eure y de Orne, por medio de ciertas fórmulas mágicas tomadas del breviario, el cura puede elevarse hasta las nubes y hacer caer el granizo sobre los campos de aquéllos a quien quiere castigar (Sébillot 1968 I: 109).

Dicen que un párroco de Santa Garazi, Etxeberri, tenía una gran fuerza (‘indar’) y que era muy impetuoso, por lo que más de uno tuvo que aguantar su castigo (Ott 1993: 109). Dos vecinos decidieron que habían de recoger el maíz un domingo y uno de ellos pidió permiso al cura, pero el otro no; Etxeberri se encolerizó por la desobediencia y sobrevino una lluvia que duró dos días y que arruinó completamente la cosecha del rebelde; todos interpretaron lo sucedido como la venganza del cura, porque los maizales de los otros vecinos no sufrieron daños.

Garmendia Larrañaga recogió un relato sobre un clérigo tempestario en Euskal Herria:

Txanbenat, fraile del convento de Oiartzun, y el párroco estaban celosos el uno del otro. Una vez que Txanbenat tenía que ir a Pamplona, el cura le hizo un conjuro para que le cayera una buena granizada. Cuando el fraile se puso en camino y vio el cambio de tiempo, enseguida se dio cuenta de que se le echaba encima un nublado y que venía de parte del cura. En un caserío pidió una piel de vaca, se la puso por la cabeza y se fue al manzanal del cura, que estaba todo en flor. Txanbenat anduvo de manzano en manzano, hasta que la piedra destrozó todas las flores. Luego fue a Pamplona y cuando volvió pasó por donde el cura. Este le preguntó: “¿Ha hecho usted buen viaje? – Muy bueno. Y usted ¿cómo tiene el manzanal? - A, pues no sé, hace tiempo que no he estado por allí. - Pues debería de ir a ver». Cuando fue y vio todo aquel destrozo pensó: «A ése no hay quien se la pegue» (resumido de Garmendia 1991: 81).

VII. EL CURA CONDENADO Y LOS APARECIDOS
Los curas míticos son en general personajes de este mundo, pero hay algunos que acabaron convirtiéndose en seres del otro mundo, y ése es el caso del llamado Cura condenado. Su historia, que se cuenta en toda Euskal Herria, ha sido recogida en numerosas publicaciones y Etxebarria (1995: 17-32) ha reunido varias versiones. He aquí el relato tipo:

Había un cura que era cazador empedernido. Un día, mientras estaba diciendo misa, oyó pasar ladrando a los perros que perseguían a una liebre. Aunque era el momento de la consagración, dejó allí mismo la hostia, cogió la escopeta y se lanzó tras la liebre. Desde entonces está condenado a errar por los aires detrás de la liebre y de los perros.

El perro pequeño, cuentan en Orozko, hace «iu-iu», y el grande «auh-auh». Se les oye sobre todo en las noches de tormenta. En Amezketa dicen que deja detrás de sí una tempestad que dura por lo menos quince días.

La Señora de Anboto fue igualmente condenada a errar por el aire, a consecuencia de una maldición en la mayoría de las versiones, pero en alguna otra como castigo por su falta de caridad (Arana 1996: 294). En Otxandiano dicen que el cura condenado es primo de la Dama de Anboto (Azkue 1959: 368). Por lo demás, la biografía del cura condenado se parece a la de Atsular, ya que aprendió en la escuela del diablo y luego fue conjurador (Azkue 1966: 241). Al grupo del cazador errante y sus perros se le dan diversos nombres en nuestro país: Mateo Txistu, Martin abade, Abade-txakurrak (el Cura y los perros), Pisti Joan (¿Preste Juan?); en Donoztiri (Baxenabarre) no se trata de un cura, sino del rey «Salamon» que salió en pos de la caza cuando estaba oyendo misa (Barandiaran 1962b: 17 y 86; 1984: 174). En Gascuña es el rey Arturo. En Francia, el grupo tiene infinidad de nombres, entre otros la «mesnada de Hellequin»; Hellequin es quien conduce la tropa de los muertos cruzando el cielo, por lo que al grupo se le llama igualmente «Tropa de los espectros», «Caza infernal» o «Ejército furioso». (Sébillot 1968 I: 165; Ginzburg 1992: 113).

También entre las almas en pena se encuentran los hombres de la Iglesia, según escribió Sébillot:

Algunas veces tenían que cumplir penitencias póstumas. En Plévenon (Bretaña), los monjes de mala vida estaban condenados a errar cerca del túmulo de Plévenon. Entre las once y la medianoche, se suelen ver a los monjes en procesión sobre los muros del castillo de Hunaudaye (Sébillot 1968 IV: 254).

Los espectros de eclesiásticos figuran en numerosas leyendas. (...) En Alta Bretaña se citan los numerosos lugares donde se aparecen. Están condenados a hacer penitencia póstuma en razón de los pecados que cometieron en vida y, sobre todo, por no haber dicho las misas que les habían pagado (ibid.: 441).

Según Le Braz (1994:312), y siempre en Bretaña, solían salir al encuentro de algún fiel para rogarle que aceptara recibir el ministerio que en vida se habían negado a administrar.

En la tradición vasca, aunque se habla poco de curas aparecidos, se cuenta la historia de una misa imposible de celebrar que recuerda las de Bretaña. He aquí la versión situada en la ermita de Salbatore de Irati:

Une noche, por la madrugada, unos pastores observaron desde un bosque encima de Salbatore que había luz en la iglesia. Lo mismo vieron la noche siguiente, y así durante una semana. El horror se apoderó de ellos y pensaron si no tendrían que mudarse a otros pastos. Pero les apenaba abandonar aquel fértil lugar, y se dijeron que tenían que averiguar qué era aquella luz.

Después de persignarse con agua bendita, munidos de rosarios y también de buenos palos, salieron una madrugada cogidos de la mano. La iglesia estaba cerrada y uno de ellos se atrevió a mirar por el agujero de la llave: las velas estaban encendidas sobre el altar, a cuyo pie se encontraba un sacerdote revestido con los ornamentos sagrados. Cuando se dio cuenta de que los pastores estaban allí, empezó a decir la misa. Uno de ellos le contestaba lo mejor que podía: «Et cum spiritu tuo» o «Amen», y así prosiguió el cura su celebración. Cuando la hubo acabado se volvió y gritó con rostro jubiloso:

- ¡Oh! Mil gracias, almas benditas. Tantos años he estado aguardando para decir esta misa y poder entrar en el cielo. Y nunca había aquí nadie que me respondiera. No os olvidaré desde el cielo.

Y diciendo eso desapareció. Aquel año nuestros pastores tuvieron excelentes corderos. Pero no en aquellos mismos lugares: al día siguiente mismo se cambiaron de pastizal (resumido de Barbier 1931: 124).

VIII. SÁTIRAS: CURAS MUJERIEGOS, GLOTONES...
Ya se ha hecho alusión a las consecuencias que el celibato acarrea a los curas en el terreno de chismorreos y sospechas, sean o no fundados.

Con frecuencia se les acusa de tener atemorizados a los fieles, amenazándoles con el infierno para apartarlos del pecado de la carne, mientras que ellos mismos «hacen lo que quieren», concretamente, cohabitan con sus criadas - y no solamente en la misma casa (Arana 1996: 335 eta 338); con el agravante de que predican a los demás que hay que traer hijos, cuando ellos escapan a las obligaciones que supone tener una familia, sin por ello renunciar de pasárselo bien. En resumen, que gozan de las ventajas sin soportar los inconvenientes.

Hay coplas que representan a los eclesiásticos rondando alrededor de las mujeres, como las del «Kyrie Eleison» que canta Oskorri o las de "Leixibatxoa«Leixibatxoa» de Hiru Truku; ambas están protagonizadas por frailes.

En los otros relatos en prosa, los protagonistas no suelen salir impunes de sus aventuras, más bien al contrario. Eulali de Orozko nos contó ésta:

Maria Garzia, una guapa mujer le dijo a su marido:

- Hay un cura que viene cuando tú vas a trabajar.

- ¿Pues sabes lo que vas a hacer tú? Vas a llevar a ese cura a la cuadra y lo escondes en el montón de helecho; y yo iré allí a hacer los trabajos.

Así lo hizo la mujer; y cuando el marido fue a la cuadra:

- ¡Ene! Esa vaca ahí está mal, tráeme la sarda que voy a ponerle cama limpia.

Mete en gancho en el montón

Al día siguiente era domingo, y cuando el cura se volvió para decir «Dominus vobiscum», ve a Maria y dice:

- Ahí viene Maria Garzia, elegante y bien vestida.

Y el sacristán le contesta:

- Y bien que nos ha costado, que por los cordones de los pantalones anoche a rastras nos sacaron.

Aunque no lo diga la narradora, se supone que para salir salvos habían tenido que pagar a María su hermoso vestido; eso es justamente lo que pasó al protagonista de la versión recogida por Webster:

Un matrimonio a quien visitaban los curas pensaron como podrían sacarles algo de dinero. Así que un día el marido se presentó en casa por sorpresa; uno de los visitantes se escondió en una barrica y el otro en el horno. Para salir de allí tuvieron que pagar, a pesar de lo cual el párroco no consiguió salvar el posterior del mordisco del fuego. Cuando al domingo siguiente Maria fue a vísperas, el vicario le dice al párroco:

- ¡Mira qué humos que lleva Maria! Esa sí que sabe de tu bolsa y de la mía.

Y responde el párroco:

- Si como tú yo hubiera tenido dinero, no tendría ahora quemado el trasero (resumido de Webster 1993 I: 17).

Sébillot (1968 IV: 248) encontró el mismo tipo de relato en el departamento bretón de Côtes-du-Nord. Pero el final no es nada gracioso: el fraile que visitaba a la mujer se escondió en la barrica de la colada y el criado de la casa le echó encima agua hirviendo. Sébillot oyó también (ibid.: 235) que un cura sorprendido en los campos en galante conversación, dejó allí mismo los pantalones para correr más de prisa; otro se despojó de la sotana por la misma razón.

Entre las figuras típicas del cura está la del gordo glotón. Algunos recuerdan que con ocasión de las rogativas se les ofrecía gallinas o algún cordero, y no siempre de buena gana; en Zuberoa dicen «Tripa de cura cementerio de pollos»; y en el vecino Bearne emplean una expresión parecida, «Cemiteri de capous», opinando que «brujas y hombres-lobo dan a los curas capones para comer» (Sébillot 1968 IV: 233). En Bizkaia se dice que el «pucherito del cura es chico pero rico», es decir que contiene más carne que legumbre. Los frailes mendicantes han solido tener fama de buenos comilones – las caminatas dan hambre; una de mis abuelas, cuando veía demasiada comida decía: «Hay para todos los frailes de Monteagudo»; y la otra, cuando alguien asomaba por la cocina alrededor de mediodía, comentaba: «Ese como los frailes, siempre a la hora de comer». Gratacos (1995: 65) califica de «don reticente» las patas de cerdo que el día de san Blas eran ofrecidas al párroco por los fieles de la comarca de Comminges, que no lo hacían de muy buen grado.

Para la gente cansada de hacer ofrendas debía de ser regocijante la idea de que el mismo afán de los clérigos se convirtiese en instrumento para engañarlos y parece que se divertían imaginando y contando historias sobre ese tema, a la vez que inventaban la figura del cura estúpido. Vinson (1973: 103) y Webster (1993 II: 35) han recogido sendas versiones y el título de la segunda, «El cura crédulo», es ya significativo. Un hombre muy astuto le hace creer al párroco de su pueblo que posee una liebre amaestrada capaz de llevar y traer mensajes con toda velocidad; el cura quiere apoderarse de ella a todo precio y nuestro hombre aprovecha para cambiársela por una fortuna; luego le engaña de nuevo vendiéndole una flauta que, según pretende, resucita a los muertos: el párroco, para probar el instrumento, mata a su llavera; finalmente, con el pretexto de mostrarle que las olas del mar son corderos, acaba arrojándolo al agua, y allí acabó ahogado el pobre cura.

Sébillot dice (1968 IV: 230-236) que el «buen cura» parece ser desconocido en la paremiología francesa, y que lo ha buscado en vano; existe un prejuicio que imputa a los sacerdotes una especie de influencia nefasta, y que debe de ser anterior al siglo XVII, ya que un predicador denunció el hecho de que algunos se persignaran al verlos, o tocaran un trozo de hierro, para preservarse del mal agüero.

IX. CURAS CURADORES
Sin embargo, al lado de la imagen negativa existe otra completamente contraria: en Euskal Herria se hace muchas veces referencia a los buenos curas, bienhechores de sus fieles a quienes socorren en cualquier apuro y curan de sus enfermedades.

En Behorlegi (Baxenabarre) me aseguraron que antaño había en los pueblos párrocos excelentes y muy sabios, que sabían lo que había que hacer en cada circunstancia; la gente les tenía plena confianza y, a falta de médico, recurrían a ellos en las situaciones graves, obteniendo satisfacción. Algunas personas de Eiheralarre recuerdan a un párroco de principios del siglo XX, Lesgard, natural de Irisarri, que era un gran rezador: precisamente a nuestra informadora, siendo niña, se le quedó la cabeza vuelta hacia atrás después de una altercado con una vecina, y fue el párroco quien indicó a su madre qué oraciones debía de rezar para que la cabeza volviera a su posición normal. La vecina bruja le había echado el mal de ojo, el sacerdote pudo neutralizarlo y la niña se curó.

Julia Barberena, de Zugarramurdi, recuerda que los curas de su pueblo eran también muy famosos y curaban a la gente que acudía numerosa de todos los alrededores para que les leyeran los evangelios, es decir, el libro.

Se leían los evangelios a los peregrinos en las romerías y tenían la reputación de lograr muchos favores, sea por virtud del evangelio en sí sea por la del sacerdote. Maiana Monfort, de Mendibe, oyó decir que en la romería de Salbatore de Irati se curaban a los mudos y se expulsaban a los demonios de los poseídos.

X. EL CURA EXORCISTA
El exorcismo es el rito por el que se hace salir al diablo del cuerpo de los endemoniados. Maddi Casaubon de Izura (Baxenabarre) nos precisa que, tal y como lo afirmaban sus mayores, no basta con un buen cura para conseguir el objetivo, sino que también hace falta la colaboración de un herrero. Porque, cuando apremiado por la bendición del cura el demonio se ve obligado a abandonar el cuerpo que posee, dice: «¡Me iré por la lengua, me iré por la lengua y me iré por la lengua!». Y el herrero le responde: «No. ¡Te irás por el pie, te irás por el pie y te irás por el pie!» Y así hasta que el herrero se impone. ¿Por qué toda esa comedia? Porque si el diablo se va por la lengua, se la lleva de cuajo, mientras que si lo hace por el pie se lleva solo el zapato. ¿Se quedaría el ex-endemoniado con esa marca del diablo que es la falta de zapato, como los curas brujos?

Los sacerdotes exorcizaban igualmente las casas frecuentadas por las almas en pena y, según pudo saber Le Braz en Bretaña (1994: 394), algunas de ellas eran muy perniciosas, estaban condenadas a errar y no conseguía conjurarlas cualquier sacerdote, ya que además de conocer bien el oficio, había que tener brazo fuerte: la lucha era tan dura que los esforzados exorcistas acababan agotados, pálidos y sudorosos; finalmente lograban echarle al condenado la estola al cuello y, atado con ella, se lo llevaban en figura de perro a una landa desierta, ordenándole que se quedara allí para siempre.

La labor de estos curas exorcistas de la tradición francesa tenía, pues, sus riesgos. Solían también preservar al pueblo de licántropos y de vampiros:

En Normandía, a principios del siglo XIX, visitaban los cementerios por la noche para asegurarse de la buena conducta de los difuntos; y si se daban cuenta de que algún condenado se iba a convertir en hombre-lobo, abrían la fosa con una azada nueva, le cortaban la cabeza al cadáver y la tiraban al río (Sébillot 1968 IV: 241).

Para una sociedad que tiene tales creencias, el cura efectúa un servicio público. Pero desde el momento en que se empieza a pensar que todo es fraude y mentira, el sistema deja de funcionar, vienen la desconfianza y las reticencias y no se ven razones para seguir pagando. Las sátiras son tan antiguas como lo es el escepticismo. Lo que no impide que, desde el punto de vista de los creyentes, el salario de los curas fuera bien merecido, más aun si se tiene en cuenta que estaban expuestos a accidentes de trabajo.

XI. EL CURA HÉROE SALVADOR

Son los curas quienes se enfrentan con basajaun o el dragón, seres considerados malignos. En Zuberoa el caballero de Athagi mató al dragón de Altzai dejando la vida en el empeño, cuando la ponzoña del monstruo y el pavor hicieron que la sangre se le volviera agua. Pero liberó a su pueblo (Cerquand 1986: 94). Los héroes pagan a veces caras sus hazañas muriendo en la lucha.

Lo mismo les puede suceder a los sacerdotes. Unos pastores del Gorbea llamaron a un cura de Zeanuri a que conjurase a la tempestaria Señora de Anboto, que mora en la cueva de Supelegor, para impedirle que formara tormentas; él hizo su conjuro, pero se le quemó la sotana y murió al poco tiempo (Barandiaran 1973b: 340-343).

Los curas de la mitología, si bien no buscan el sacrificio, aceptan los riesgos ligados a las funciones que ejercen:

En el barrio de San Juan de Orozko murió un hombre que no tenía buena fama. Y luego se aparecía por las noches encima de un castaño, todo en fuego y llamas, lanzando unos gritos terribles. Los vecinos, atemorizados, pidieron a los religiosos que hicieran algo; y le tocó a un fraile enfrentarse al aparecido.

Así que tuvo que ir a su encuentro. El difunto le pidió que le quitara el hábito bendecido con que le habían amortajado, porque a causa de él eran mucho mayores los tormentos que sufría en el infierno. El fraile, para no tocar al condenado, le quitó el hábito con un gancho. Luego regresó a casa y no volvió a salir más, murió de terror: se le había pasado la sangre. Pero el condenado no volvió a aparecer y el barrio recuperó la tranquilidad. Desde entonces al lugar de la aparición le llaman «Kako-erreka» (Arroyo del gancho) (adaptado de Arana 1996: 138; Barandiaran 1973b: 57-61).

Este fraile que perdió la vida por librar a su pueblo del monstruo es lo contrario del cura inocentón y ridículo, la muerte de uno es opuesta a la del otro.

En un ámbito diferente, es de subrayar el efecto inesperado y contraproducente del hábito, que no sólo es ineficaz para procurar la salvación del muerto, sino que hace más insoportable su condena. En la mitología las armas pueden ser de dos filos, y también las que posee la Iglesia se pliegan a ese principio: la tradición ha adaptado los elementos tomados del cristianismo antes de adoptarlos.

Principio que afecta igualmente a los curas: son por definición cristianos, pero han sido transformados por el paganismo y se ven dotados de rasgos contradictorios desde varios puntos de vista. Poseen poderes que con frecuencia les permiten salir vencedores; la Iglesia pone en sus manos talismanes eficientes, como son el agua bendita, el libro, la estola... Otras veces les toca perder, cuando las armas de que disponen - el gancho o incluso la cruz, en la versión de Azkue (1966): 364) - no son suficientes contra los seres infernales y no les protegen del contacto nefasto de un muerto nefasto. Servidores de Dios y al mismo tiempo alumnos en la escuela del diablo, son un ejemplo de la proximidad entre héroes y anti-héroes, de la facilidad con que se pasa de unos a otros y de lo delgada que es en mitología la frontera entre el bien y el mal.

ANUNTXI ARANA