En los retratos vemos los rostros; en las danzas, los modos de estar en el mundo.
Cada paso lento de la Sajuriana, cada figura des-diferente del Cuándo, cada reverencia del Minué Federal o cada vuelta-medio country dance del Pericón, nos habla de una época, de una forma de relacionarse/divertirse y de entender la comunidad.
Estas danzas no son simples piezas de museo. Son huellas vivas de quienes las bailaron antes que nosotros. Llegaron por distintos caminos, criollos, españoles y franceses; y al encontrar cobijo en esta (nuestra) tierra, adquirieron una voz propia.
Cuando vuelven a sonar sus músicas y los cuerpos recuperan sus movimientos, los viejos retratos parecen despertar por un instante. La memoria deja entonces de ser una imagen inmóvil para convertirse nuevamente en gesto, en encuentro y en acción.
Quizás por eso bailamos. Porque cada danza es una forma de recordar. Porque cada paso enlaza generaciones. Porque, mientras haya quien las baile, el tiempo nunca tendrá la última palabra.


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