jueves, 12 de marzo de 2026

ARDER PARA SEGUIR SIENDO

 

Hay celebraciones que requieren escenarios espectaculares y el relumbrón constante de los focos. Otras sobreviven desde el arraigo. El carnaval de Etxauri pertenece a estas últimas, y precisamente ahí reside su fuerza y su belleza.
Como fotógrafo de temática etnográfica, he recorrido numerosas fiestas de Euskal Herria: carnavales rurales, mascaradas, celebraciones de largo recorrido histórico, en entornos marcados por la mitología. Enseguida aprendí que el papel de quien documenta no es intervenir ni entorpecer, sino mantenerse al margen, observar y respetar los códigos internos de cada comunidad. La cámara no debe alterar aquello que pretende preservar.
En Etxauri, a pocos kilómetros de Iruñea, he constatado una acogida sincera, natural, sin impostura. No es una hospitalidad manifiesta para quien llega con cámara o libreta, consiste en algo más discreto: una mirada que te reconoce, un gesto que te hace sitio, una conversación breve que rompe la distancia. En este tipo de contexto, estoy acostumbrado a moverme en los márgenes, a no trabar, a pasar casi desapercibido. Allí, sin embargo, no sentí la necesidad de ponerme en «modo invisible». Sentí que podía estar, simplemente estar. Mimetizado. Y esa sensación no nace del protocolo, fluye de la forma en que el pueblo entiende su propia fiesta. La plaza no se muestra como el escenario para otros, es un espacio compartido donde cada presencia encuentra su lugar.
Gerexipot, el robacerezas, una mezcla de humano e insecto, es el eje simbólico de este carnaval. Al igual que en otros carnavales rurales de Euskal Herria −Lantz o Zalduondo−, en Etxauri se elige una figura nuclear que encarna el mal, el embuste, la contaminación de los campos... aquello que amenaza los recursos de la tierra y la vida colectiva. La leyenda cuenta que engañó a los habitantes del valle ofreciéndoles extraños aceites para mejorar las cosechas de sus cerezos con el fin de envenenarlos. Desde entonces se le atribuyen plagas, sequías y pedriscos. Cada año, en febrero, es apresado, juzgado, exhibido en kalejira por las calles del pueblo y, finalmente, quemado. El fuego, purificador, anunciando el fin del invierno, el inicio de un nuevo ciclo.
La escenografía integra un atributo de transformación: una forma de liberar en común. Mucho antes de que el calendario cristiano fijara el carnaval en los días previos a la Cuaresma, las colectividades rurales celebraban el tránsito a la primavera con rituales estacionales. Se trataba de dejar atrás el frío. Quemar un muñeco −ya sea Miel Otxin, Markitos o Gerexipot−, transgredir el orden establecido por unas horas, cubrirse el rostro, lanzar cenizas... no es simple diversión. Es una manera de enfrentarse juntas a la incertidumbre y de conjurar el regreso de la luz. Un modo de ser y existir.
Si se examina con perspectiva, se llega a la conclusión de que este rito encierra también una dimensión política. Se designa un chivo expiatorio: la representación de lo negativo; se le dota de rostro para poder señalarlo y reducirlo a cenizas. Es un juicio convenido y alegórico. La pedagogía es clara: las crisis se resuelven afrontando juntas lo que nos afecta. Fuera del ámbito ritual, en la realidad política, tendemos a simplificar lo complejo, a buscar culpables sociales vulnerados que carguen con frustraciones colectivas. No existe alegoría, sino una evidente manipulación de los grupos de responsabilidad real.
El carnaval es, además, un tiempo liminal. No es ya el crudo invierno, aunque tampoco es todavía primavera. Es un punto intermedio. Quizá en la actualidad estamos recorriendo un momento histórico similar: colapso ecosocial, resurgir de las viejas pulsiones autoritarias, guerras neocoloniales... Intuimos lo que termina, sin alcanzar a ver con nitidez qué empieza.
Gramsci lo formuló con una imagen poderosa: «El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos». Los monstruos no aparecen de la nada; brotan del miedo y de la falta de horizonte.
En Etxauri, la transición no se atraviesa en soledad, se ritualiza en comunidad. Si bien la puesta en escena actual es relativamente reciente, el carnaval se sostiene sobre una memoria antigua.

La estética del desfile nos remite al mundo agricultor y ganadero que han dado forma y entidad al valle. Nada se despliega como ornamento; el proceso se desarrolla en el seno del imaginario colectivo. El valor de la sencillez hace que todo sea más auténtico. Los personajes secundarios, la estampa de la ceniza, los sacos, las pieles, la txalaparta y los elementos naturales evocan una vida vinculada directamente a la tierra. La gente, cubierta de helechos, deja de ser reconocible para convertirse en seres que parecen brotar de la sierra de Sarbil. Ni del todo personas, ni del todo paisaje.
Las alcaldías de los seis municipios de Etxauribar y los correspondientes banderadunak, recuerdan que la identidad es compartida y territorial. La comunidad se representa a sí misma, sin necesidad de amplificarse. Cuando las llamas envuelven a Gerexipot, bailan a su alrededor el zortziko y brindan con la pócima biharra. No se quema solo un personaje legendario. Se quema el desconcierto, la amenaza sobre la cosecha, la incertidumbre que acompaña al invierno. Y se enciende una red insondable: la voluntad de seguir siendo comunidad.
Quizá desde fuera pueda parecer únicamente un carnaval rural. Pero quien se detiene a reflexionar, consciente del peligro de la deriva reaccionaria, entiende que allí se está preservando un ecosistema mucho más frágil y valioso: una manera propia de organizarse, de recordar y de esperar juntas la primavera.
Y eso, en estos tiempos, es un acto profundamente político.

Texto y fotos: Imanol Bueno Bernaola


















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