Bidea
Pudo elegir la senda suave.
No lo hizo.
Subió por la piedra,
por la montaña vasca sin nombre,
por esos puertos
donde el viento afila el alma
y el silencio enseña a pensar.
Sin txistu.
Sin fiesta.
Solo el cuerpo
aprendiendo a ser camino.
Cuando llegó,
nadie anunció la llegada.
Pero el aire cambió.
Una txirula encendió la tarde.
Las máscaras giraron.
El círculo se abrió.
Y él entró.
No como quien llega,
sino como quien ya es
otra cosa.
Porque hay caminos
que no llevan a un lugar,
sino a un ritmo.
Y solo quien ha escuchado al viento
puede bailarlo.
AITOR
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