En Euskal Herria, la religión nunca ha sido únicamente una cuestión de fe. Ha sido; y en muchos sentidos sigue siendo, una forma de habitar el mundo, de organizar el tiempo, de dar sentido al cuerpo colectivo. En su obra, "La religión en EUSKAL HERRIA", Félix Placer Ugarte nos invita a recorrer esa transformación profunda: desde una espiritualidad arraigada en la tierra hasta las formas contemporáneas, más fragmentadas, pero no por ello menos significativas.
Este viaje no es lineal. Es, como la danza, un movimiento continuo entre lo antiguo y lo nuevo.
Cuando lo sagrado habitaba la tierra
Antes de templos y doctrinas, el pueblo vasco ya danzaba en torno a lo invisible. No como abstracción, sino como presencia. La montaña, la cueva, el bosque: todo era espacio de encuentro con lo sagrado.
Figuras como Mari no eran simples relatos, sino expresiones de una cosmovisión en la que la naturaleza no se dominaba, se escuchaba. En ese mundo, lo religioso no estaba separado de la vida: era la vida misma, en su ritmo cíclico, en su misterio.
La cruz y la raíz: una fusión silenciosa
La llegada del cristianismo no borró ese sustrato. Lo transformó.
Lejos de una ruptura radical, en Euskal Herria se produjo una integración singular. Las antiguas creencias se filtraron en los nuevos ritos, y el calendario cristiano comenzó a latir al compás de antiguas sensibilidades. Las fiestas, las procesiones, los gestos repetidos año tras año: todo ello construyó una religiosidad profundamente popular.
La comunidad como forma de fe
Durante siglos, la religión fue el gran tejido invisible de la sociedad vasca. Marcaba los tiempos, nacer, trabajar, celebrar y morir; y ofrecía un marco compartido de sentido.
No era solo creencia: era pertenencia.
En los pueblos, la iglesia estructuraba la vida colectiva, pero también lo hacían los rituales, las fiestas, las prácticas heredadas. Había una dimensión profundamente comunitaria en la forma de vivir lo religioso. Una especie de “coreografía social” donde cada individuo sabía su lugar.
Y en esa coreografía, el cuerpo nunca estuvo ausente.
El siglo XX: cuando el silencio entra en escena
Con la modernidad llegó la fractura.
La industrialización, los cambios políticos, la secularización progresiva… todo ello fue debilitando la centralidad de la religión institucional. Lo que antes era colectivo comenzó a interiorizarse. Lo que era evidente, empezó a cuestionarse.
La fe dejó de ser un paisaje compartido para convertirse, en muchos casos, en una experiencia íntima o incluso ausente.
Pero el silencio no es vacío. Es transformación.
Lo que permanece: nuevas formas de lo sagrado
Como señala Félix Placer Ugarte, la desaparición de ciertas formas religiosas no implica el fin de la espiritualidad. Más bien abre un espacio para su reconfiguración.
Hoy, en Euskal Herria, lo religioso pervive de otras maneras:
-en la memoria cultural
-en los símbolos
-en las celebraciones
-en una cierta sensibilidad hacia lo comunitario
Y también —aunque a veces no lo nombremos así— en el cuerpo.
Danzar lo que antes se rezaba
La danza es uno de ellos.
Allí donde la palabra ya no articula lo común, el cuerpo puede hacerlo. Allí donde la creencia se diluye, el gesto permanece. La dantza, en este sentido, no es solo patrimonio cultural: es una forma de continuidad simbólica.
Coda final
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