domingo, 14 de diciembre de 2014

El lecherito/El vasquito



CASIMIRO AIN
Nombre real: Aín, Casimiro
Seudónimo/s: El lecherito y El vasquito
Bailarín
(4 marzo 1882 - 17 octubre 1940)
  
Recibe sus apodos por ser hijo de un vasco lechero, del entonces barrio de La Piedad, donde aprendió a bailar de muy pequeño al compás de los organitos callejeros.

Fue bailarín del circo de Frank Brown, el célebre payaso extranjero que vino a ganar fama a éste país que tomó por adopción.

En 1901 Casimiro Aín viaja a Europa en un buque de carga, trabajando de cualquier cosa menos como bailarín.

A su regreso en 1904 actúa en nuestro teatro Ópera junto a su esposa Marta.

Durante los festejos del Centenario (1910) actúa con gran éxito, convirtiéndose definitivamente en un profesional de la danza cuando viaja en 1913 a Francia con la orquesta típica que integraban el bandoneonista Vicente Loduca, el violinista Eduardo Monelos y el pianista Celestino Ferrer.

Se presentaron en el mítico Cabaret El Garrón que era el reducto de la comunidad argentina radicada en París y que encabezaba el músico Manuel Pizarro.

Luego viaja a Nueva York donde permanece tres años, volviendo a Buenos Aires en 1916.

La década del '20 lo encuentra nuevamente en París, donde gana con su compañera Jazmín, el Campeonato Mundial de Danzas Modernas, que se realizó en el Teatro Marigny en el mes de junio y compitiendo con 150 parejas.

Más tarde con la alemana Edith Peggy recorrió toda Europa y en 1930 retorna definitivamente a la Argentina para actuar unos pocos años más.

Existe una historia, para nosotros una leyenda, ya que nunca fue debidamente comprobada, que el primero de febrero de 1924, por una iniciativa del entonces embajador argentino ante el Vaticano, Don García Mansilla —muy preocupado en disipar el sayo de la inmoralidad del tango y su prohibición eclesiástica—, Aín bailó ante el Papa Pío XI y otros altos dignatarios el tango “Ave María”, de Francisco y Juan Canaro. Su pareja fue la bibliotecaria de la embajada, una señorita de apellido Scotto, acompañados por la música de un armonio. El tango elegido, muy livianito recibió la aprobación del Papa.

Esto lo cuenta y lo afirma Aín en un reportaje que se le realizó a su regreso de Italia. Pero nuestro amigo, el musicólogo Enrique Cámara, catedrático de la Universidad de Valladolid y con muchos años de residencia en Italia, recorrió con pacientemente la hemeroteca del Vaticano, en especial su diario L'Osservatore Romano, y no encontró nada al respecto.

En un artículo transcripto en la revista Tango y Lunfardo Nº 34 dirigida por Gaspar Astarita, el periodista Abel Curuchet entrevista a Casimiro Aín, en una publicación aparecida el 21 de marzo de 1923.

Allí nos dice «es en realidad un hombre simpático que habla a grandes voces, ni joven ni viejo, tendrá a lo sumo cuarenta años. De mediana estatura, viste con corrección aún cuando su elegancia es escasa. Al saber que soy cronista y que desconozco su obra y su prestigio, el hombre se desvive por ponerme al corriente de su vida.

«¿Si se baila mucho? Nunca como este año, la gente parece que no quiere más que bailar. No doy abasto con las lecciones.

«Mire esta libretita —la miro y leo, en orden alfabético, los nombres más copetudos—.

«Son a los que le di lecciones. Yo me dediqué al baile por casualidad. Fue una aventura de muchacho curioso y bohemio. Mi primera salida del país fue allá por 1903. No sabiendo qué hacer en Buenos Aires, me embarqué sin rumbo en un vapor que me condujo a Inglaterra. Estuve un mes en Londres y de allí pasé a París. Con dos amigos comenzamos a recorrer los bares y cabarets, con una guitarra raída y miserable y un violín destartalado, formamos un terceto errante y pintoresco. Yo comencé a bailar el tango criollo. El éxito que tuvimos fue rotundo, empezamos a ganar dinero a granel. De París fui a España, donde después de una breve estadía, regresé a mi país. Me fui perfeccionando en el baile e hice progresos notorios que me valieron importantes contratos para bailar en los teatros, como número de fin de fiesta.

«En 1913, deseoso de conquistar fama y fortuna, hice mi segunda salida de la patria. En el vapor Sierra Ventana, partimos a la aventura, yo y tres muchachos amigos. Uno de ellos pianista, el otro cargaba su violín y el tercero con un bandoneón. (se refiere a Ferrer, Monelos y Loduca, viaje que fue costeado por Ramón Alberto López Buchardo, importante personaje de la sociedad porteña).

«Llegamos a Bulogne Sur Mer y ni bien desembarcamos tomamos el tren rápido a París que llegó a las doce de la noche. Era una noche de un invierno cruel y lo primero que decidimos fue marchar a Montmartre. Encontramos el primer cabaret y nos metimos, estaba rebosante de gente. Y llegado el momento nos metimos con lo nuestro, atrajimos al público que nos tiraba unos francos, tantos que los cuatro vivimos muy bien durante un mes. Hubo suerte, porque aquel cabaret era el Princesa, famoso luego cuando en manos de Manuel Pizarro se transformó en El Garrón.

«También anduve por Dinamarca, Alemania, Rusia y Portugal. Por el momento no creo que regrese al Viejo Mundo. Aquí he reunido una fortuna respetable que me permite vivir rodeado de comodidades. Además están mi familia, mi madre, mi esposa y mis hijos.

«Claro que el dinero que gano me cuesta fatigas, pero no tengo más remedio que seguir enseñando a bailar a los que no saben, como si fuera un nuevo mandamiento.

«¿Usted quiere saber cuánto bailo yo? Le citaré un caso. Los siete días de la semana, por veinticuatro horas, dan un total de ciento sesenta y ocho horas. Pues bien, durante la semana del carnaval pasado bailé ciento veinticuatro horas repartidas así: en el salón del Club Pueyrredón, setenta y cuatro horas; sumadas a las siete u ocho lecciones diarias, que son otras cincuenta horas. Suponiendo que cada hora de baile corresponda a tres kilómetros, he recorrido trescientos setenta y dos kilómetros.

«Además, anote que he bailado con unas veinte mil personas.

«¿Si gano mucho dinero? Por año unos ciento veinte mil pesos.

«En eso se nos acerca una señora y le pregunta al bailarín cuándo podrá ir a su casa para unas lecciones, Aín consulta su libretita y le contesta que recién en tres semanas, la dama se retira después de saludar fríamente.

«Realmente comprobamos que es un artista exitoso.»

Casimiro Aín bailando ante el Papa

Por Carlos Hugo Burgstaller

Todos estamos de acuerdo que el tango nació bailado o para bailar; sin embargo difícil sería encontrar los nombres de aquellos (hombres y mujeres) que fueron dándole a esta danza sus pri meros pasos. 

También podemos coincidir en que la suma de las inspiraciones de aquellos anónimos bailarines fue dando forma a ese vuelo quebrado entre el cuerpo y el alma que es el tango bailado. Poco a poco alguno de ellos fueron puliendo esos pasos primitivo elevándolo a una categoría que bien podríamos llamarla profesional. Y es muy posible que, en el recuerdo o en la memoria, (que tal vez no sean la misma cosa) surja el nombre de José Ovidio Bianquet, “El Cachafaz”, para muchos el más grande. Sin embargo los cortes y las quebradas de “El Cachafaz” no alcanzaron (aunque paseó su talento por Europa) las cumbres del éxito y la popularidad que si logró Casimiro Aín, “El Vasquito”, en aquel continente

Ahora si Bianquet fue mejor que Aín no es tema que me interese debatir hoy, pero si rescatar el hecho que, entre otros, Aín posee el mérito de haber logrado que el tango fuera bailado por lo más encumbrado de la sociedad europea. 

En aquel barrio de Buenos Aires que aún se llamaba La Piedad, Casimiro Aín aprendió a bailar de muy pequeño al compás de los organitos callejeros. De su padre, un vasco lechero, heredó el apodo. Su capacidad para el baile le permitió formar parte de la trouppe del célebre payaso Frank Brown. 

Sin embargo el sueño de alas errantes que germinaba en Aín le pronosticaba otros destinos, mucho más lejanos y glamorosos. En 1901 se embarca en un buque de carga rumbo a Europa donde trabaja de todo menos de bailarín. El año 1904 lo encuentra nuevamente en la Argentina, y si el viaje no había resultado lo que sus anhelos le prometían el baile seguía siendo su pasión. Junto a su esposa Marta comienza a presentarse en teatros porteños hasta que los festejos del Centenario (1810-1910) le traen el éxito y el reconocimiento definitivo para convertirse en profesional. Un nuevo viaje a Europa en 1913 lo lleva acompañado del trío formado por Vicente Loduca en bandoneón, Eduardo Monelos en violín y Celestino Ferrer en piano. Otra historia comenzaba a escribirse.

Los años que vinieron podemos resumirlos de la siguiente manera: En París se presenta en el famoso y mítico cabaret EL Garrón, reducto de la comunidad argentina. Luego fueron tres años en New York y el regreso a Buenos Aires en 1916. La década del 20’ lo encuentra nuevamente en París donde, junto a su compañera Jazmín, gana el Campeonato Mundial de Danzas Modernas realizado en el teatro Marigny compitiendo contra 150 parejas. Más tarde junto a la alemana Edith Peggy recorre toda Europa. 

1930 es el año del retorno definitivo a la Argentina donde actúa unos años más falleciendo un 17 de octubre de 1940, había nacido el 4 de marzo de 1882, tenía apenas 58 años. 

Pero a esta altura de la nota debo confesar que el recuerdo de Casimiro Aín es solo una escusa para referirme a otro tema que bien podemos llamar: El tango y la iglesia (o el Papa). 

Creo que todos hemos escuchado aquella historia sobre el Papa (luego veremos cual) que pidió que se bailara frente a él un tango para emitir su juicio y que fue Casimiro Aín el encargado de hacer la demostración. Ahora, a medida que uno va adentrándose en esta historia descubre que fueron tres los papas que intervinieron: Pío X (1903-1913*), Benedicto XV (1914-1922*) y Pío XI (1922-1939*). Sin embargo esto provoca algún tipo de confusión, no pudieron ser los tres, ya que en una sola oportunidad Aín bailó ante el Papa. 

Pues veamos: 

Historia 1 - Comencemos por el relato que hace Néstor Pinzón en su nota “Casimiro Aín” publicada en la página de Internet Todo Tango. Según este autor la historia no pasa de ser una leyenda ya que nunca fue debidamente comprobada. ¿Y cuál es esa historia que no pasa de ser leyenda?: El primero de febrero de 1924 y por iniciativa del entonces embajador argentino ante el Vaticano, Don garcía Mansilla –muy preocupado por disipar las nubes de inmoralidad que rodeaban al tango para la iglesia- logró que Casimiro Aín bailara frente a Pío XI (1922-1939*) bailara el tango Ave María de Francisco y Juan Canaro. En esa oportunidad la compañera de “El Vasquito” fue la bibliotecaria de la embajada, una señorita de apellido Scotto; el tango elegido fue ejecutado en un armonio.
Pinzón se basa para decir que solo es una leyenda en base al a investigación que realizó el musicólogo Enrique Cámara, catedrático de la Universidad de Valladolid y con muchos años de residencia en Italia. Cámara recorrió la hemeroteca del Vaticano, en especial su diario L’Osservatore Romano, sin encontrar referencia al hecho. Sin embargo Pinzón afirma en su nota que el mismo Aín relató ese encuentro en un reportaje que le hicieran a su regreso de Italia. Ese reportaje, realizado por el periodista Abel Curuchet en una publicación del 21 de marzo de 1923, fue reproducido en la revista Tango y Lunfardo Nº 34 dirigida por Gaspar Astarita. 

Historia 2 - El segundo testimonio llega de la mano de Guillermo Bosovsky quien extrajo los datos de una nota, de autor anónimo, titulada: “Gloria y ocaso de El Cachafaz y de El Vasco Aín”. Y en esa nota se sostiene que Aín bailó frente a el Papa Benedicto XV (1914-1922*) 

Historia 3 - Horacio Salas en su “Tango. Una historia definitiva” habla de Pío X (1903-1914*), y allí relata que muchos prelados habían criticado abiertamente las connotaciones sexuales que contenía el baile. Encabezaba estas críticas el arzobispo de París. Según este relato de Salas Pío X no encontró pecaminosa la danza aunque recomendó reemplazarla por la furlana, danza de origen Véneto que había conocido en su juventud. 

Historia 4 - El mismo Horacio Salas traza un relato, un poco diferente, en su libro “El tango”. En el sostiene que los arzobispos de París, Cambray y Sens, junto al obispo de Poitiers, rechazaron el tango desde sus respectivos púlpitos y que le fue encargada a la Santa Congregación de la Disciplina de los Sacramentos, analizar el problema. Los oscuros y pecaminosos orígenes del tango ponían en jaque al pensamiento de la iglesia. Fue entonces que a principios de 1914 el papa Pío X (1903-1914*) se encargó de juzgar, personalmente, los peligros del tango. Lo que llevó a intervenir al Papa fue explicado en la edición del 7 de marzo de 1914 en la revista P.B.T. Allí se contó que varios jóvenes de la nobleza habían reclamado por la injusticia que significaba que, a causa de una disposición del Ministerio de Guerra Italiano, la oficialidad del reino no pudiera participar de la danza (el tango en los próximos festejos del Carnaval). Fue así que a instancias del cardenal Merry y del Val, el príncipe A. M. (¿?) y su hermana, -según P.B.T.- fueron recibidos por el pontífice en audiencia privada y lo bailaron en su presencia. El papa no condenó el tango pero sí se burló de una moda que “0bliga a sus esclavos a bailar una danza tan poco divertida” y recomendó, en cambio, la furlana (una danza campesina surgida a comienzos del ochocientos). La prohibición a los oficiales se mantuvo, el papa no se sumó explícitamente a la censura castrense italiana lo que fue tomado como una tácita aprobación. De todas maneras en Buenos Aires circulaba una letrilla que sostenía: "Dicen que el tango es una gran languidez / Y que por eso lo prohibió Pío Diez... 

Historia 5 - Y el último relato para esta nota, pertenece al libro de José Gobello, “Brevísima historia crítica del tango”, y que me parece la más clara y completa.
Gobello relata, al igual que Salas, que los obispos franceses fustigaron severamente al tango cuando este hizo irrupción en París. Y al igual que los escritores argentinos Lugones, Larreta e Ibarguren, los obispos consideraban al tango un baile lascivo y obsceno. Ahora coincidiendo con el relato de Salas para 1914 algunos jóvenes romanos habían comentado con el cardenal Merry de Val, que les habría gustado bailar el tango pero no lo hacían porque los obis pos enseñaban que era pecado (aquí no hay referencia al decreto del Ministerio de Guerra Italiano).
De Val le comentó al Papa y este sintió deseos de ver bailar un tango para formarse una opinión. La presentación estuvo a cargo de dos jóvenes de la aristocracia romana (hermano y hermana) que bailaron frente al papa algo parecido al tango; pues era una danza purificada por un famoso maestro de baile romano, el profesor Pichetti. Al Papa le pareció que el tango era aburrido y aconsejó a los jóvenes bailar la furlana. Pío X nunca se pronunció en contra del tango y, sostiene Gobello, que aquella letrilla, para él inventada en España y no en Buenos Aires, y que decía: -“Dicen que el tango es una gran languidez
Y que por eso lo prohibió Pío Diez...” es mentirosa.
A pesar de que el comentario de Pío X solo hizo referencia a lo aburrido que le pareció bailar tango, la mala fama del tango persistió en Europa. Tanque que diez años después, otro papa, Pío XI (1922.1939*), quiso tener su propia experiencia. Y aquí aparece otra vez el embajador argentino Daniel García Mansilla (como también cita Pinzón) quien fue el encargado de presentar a la pareja de baile al Papa. García Mansilla ya era embajador ante el Vaticano en 1914 pero no había participado en aquella presentación ante Pío X.
Echo los arreglos correspondientes el 1· de febrero de 1924, a las 9 de la mañana, ingresó Casimiro Aín en la Sala del Trono acompañado por la señorita Scotto, que sería su compañera de baile y que ya no era bibliotecaria como en el relato de Pinzón sino traductora de la embajada Argentina. La pareja bailó el tango Ave María, cuyo título no hace referencia a la Virgen sino que se refiere a la interjección castellana de Ave María que denota asombro o extrañeza.
Hacia el final del baile Aín improvisó una figura que colocó a la pareja de rodillas frente al Papa. Luego Pío XI se retiró de la sala sin hacer ningún comentario.
Para finalizar reproduzco el texto del comunicado (Gobello) de la Junta de Historia Eclesiástica dependiente del Episcopado Argentino, con relación al juicio que el tango merecía de la iglesia firmado por su presidente Guillermo Gallardo y su secretario Fray José Brunet, cursado a la Academia Porteña de Lunfardo el 3 de noviembre de 1967:
“Tenemos el agrado de di-rigirnos al señor Presidente de la Academia Porteña de Lun fardo y, en respuesta a la solicitud dirigida a la Junta Histórica Eclesiástica Argentina con fecha de 2 de octubre, sobre si existió una prohibición eclesiástica formal del tango, o si la Santa Sede o la autoridad eclesiástica local condenó ese baile y que carácter revistió la condena, en caso de haber existido, le manifestamos no tener conocimiento de prohibición expresa alguna sobre el particular ya que, bajo el aspecto moral, tanto éste como los de su género se hallan comprendidos en los principios general de la moral”. 

Luego de recorrer todos estos datos creo que es justo cerrar con algunos datos finales de la vida de Aín, que en definitiva dio origen a esta nota: Anduvo paseando su arte por Dinamarca, Alemania, Rusia y Portugal y supo reunir una respetable fortuna. 

En 1927, para otros en 1930, regresa a la Argentina y va desapareciendo de la actividad pública. El destino en forma de ironía le expone a una intervención quirúrgica en una pierna que derivó en una amputación. Aquel eximio bailarín tuvo un final con muletas, y a los pocos meses murió. 

El mayor mérito de Aín fue pasear el tango por Europa, principalmente París y Roma, y su viaje a aquel continente (que antecedió a El Cachafaz en 4 años) fue decisivo para que el tango conquistara el mundo. 

 
Creo que es justo pensar que cada bailarín le dio al tango una parte de su alma y colaboró así en su enriquecimiento. Cuando aquellos creadores ignotos fueron pisando más fuerte en las pistas de baile comenzaron a aparecer nombres que, por distintas razones, quedaron en la historia y llegaron hasta nosotros· 

                http://www.tangoreporter.com/nota-ain.html
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